Por P. Fernando Pascual

Para muchas personas, condenar a otros sería algo negativo, porque implicaría un desprecio hacia los demás, y porque quienes condenan suelen ser vistos como intolerantes, o fundamentalistas, o promotores de “odio”.

Por eso, hay quienes condenan a los que condenan, y los critican fuertemente por sus palabras y sus gestos, pero, sobre todo, por las actitudes interiores que les llevarían a esas condenas.

En ocasiones, se afirma que quienes condenan a los demás tienen algún problema interior, o son incoherentes, o buscan encubrir sus defectos, o carecen de auténticos sentimientos de humanidad.

De esta manera, con una actitud extrañamente paradójica, hay quienes condenan a los que condenan, sin darse cuenta de que ellos mismos son condenadores de otros.

No faltan, en quienes condenan, y en quienes condenan a los que condenan, juicios sobre las intenciones de los demás, como si fueran capaces de leer los corazones.

En realidad, resulta muy difícil, y muchas veces erróneo y presuntuoso, llegar a conocer lo que sienten y piensan quienes formulan condenas y en los que son condenados.

Por eso, cuando vemos a alguien que condena el comportamiento de otros, o cuando vemos que uno condena a los que condenan, no deberíamos formular juicios sobre intenciones que nos resultan escondidas e inasequibles.

Ciertamente, hay condenas que tienen su sentido y su valor. ¿No consideramos como correcto condenar la violencia de los asesinos, la injusticia de quienes provocan o alientan guerras, la corrupción de los políticos, la infidelidad y el engaño entre los esposos?

Además, resulta fácil reconocer que no todas las condenas son iguales. Por ejemplo, hay condenas que no solo tienen su sentido, sino que merecen ser pronunciadas, para señalar lo que está mal y para ayudar a la gente a apartarse de comportamientos pecaminosos.

Si recordamos el Evangelio, Cristo no dudó en condenar la hipocresía, la falsedad, la avaricia, el modo erróneo de mirar a otros, la búsqueda de los primeros puestos.

Cristo podía, al mismo tiempo, juzgar intenciones, porque sabía lo que hay en el corazón de cada hombre. Pero nosotros no deberíamos nunca tener la pretensión de juzgar y condenar las intenciones desconocidas de otros.

En nuestro mundo encontramos muchas condenas, y condenas contra las condenas. Solo tienen sentido las condenas que denuncian el mal objetivo, el pecado, en sus diversas formas, para promover el bien, la verdad y la justicia.

Esas condenas, sin embargo, no deben juzgar lo que sienten y experimentan quienes hacen actos de por sí reprochables, pues solo Dios conoce los corazones.

Solo Dios, por lo tanto, conoce realmente lo que hay en cada uno. Solo Dios, sobre todo, puede invitar al pecador a un sincero arrepentimiento con el que se aparte de su pecado y reciba una misericordia de quien dijo palabras que solo corresponden al Mesías: “Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más” (Jn 8,11).

 

Imagen de Reimund Bertrams en Pixabay


 

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