Por Mary Velázquez Dorantes

¿Has notado que estás sin energía o fuerza para salir de tu cama al iniciar el día?, ¿sientes que de pronto lo que haces no tiene sentido significativo?, ¿has identificado un poco de desinterés por las personas que te rodean?,¿crees que no eres una persona con valía, que pueda aportar a los demás? Si has respondido que sí a alguna de éstas interrogantes, ¡cuidado! probablemente estés luchando con cinco enemigos que abaten el alma y nos confunden espiritualmente. Éstos enemigos actúan de forma inconsciente, provocan un daño espiritual, moral e incluso en algunas ocasiones físico, y quizás no sabemos identificarlos, es por eso que en esta edición hablaremos de ellos.

EL SÍNDROME DE LA AMARGURA 

La amargura es cada vez más posible en la vida moderna, algunos piensan que es derivado de un mal manejo de frustración o de expectativas muy altas, sin embargo la raíz de que las personas nos volvamos amargas con la vida es la falta de perdón. Vivir con el sentimiento de no olvidar lo que el vecino, amigo o familiar me dijo o me hizo. También es vivir con aquello que no hemos aprendido a disculparnos a nosotros mismos; las ofensas pueden venir desde fuera o pueden ser fruto interno. Cuando no aprendemos a perdonar  le abrimos las puertas a la amargura, y la podemos identificar como esa sensación negativa, una baja autoestima, dureza y severidad para tomar decisiones o incluso para dar opiniones, pensamientos y acciones que nos producen infelicidad, y que nos provocan un tormento constante y no permiten que tengamos momentos de paz.

ARROGANCIA TRADUCIDA EN SOBERBIA

Quizás este enemigo es difícil de reconocer y de aceptar porque vivimos en un tiempo donde todos creemos que somos mejor que todos, por lo tanto, la arrogancia actúan sigilosamente derivada de nuestras inseguridades y fragilidades. También es producto de la soledad que se experimenta actualmente, y entonces se construye una coraza dolorosa donde se levanta un muro de superioridad. Aquí se albergan los miedos, la insatisfacción, la indiferencia, las heridas del pasado. Es un enemigo que provoca el menosprecio de nuestro ser y de los demás. Debemos tener cuidado con las ideas y pensamientos que alimentamos, las conductas y opiniones que generamos en los lugares donde socializamos e interactuamos.

LA DESESPERANZA DE LA AFLICCIÓN

Todos en algún momento de nuestras vidas experimentamos aflicción, se trata de una emoción natural, de defensa y es muy intensa. Pero debemos cuidar qué hacemos con ella cuando nos invade porque puede crear un sentimiento de incomodidad que incluso puede desencadenar en la muerte. Se trata de una enfermedad espiritual que afecta todo nuestro ser, por ello debemos aprender a frenar todas aquellas sensaciones que nos causan desvelo, culpa, tristeza e incluso depresión. La aflicción provoca desesperanza y nos incapacita. Las tareas que debemos hacer frente a este enemigo es aprender a confiar en Dios, buscar virtudes en las personas, fomentar un crecimiento de fe, para entonces abandonar todo aquello que aflige al hombre actual.

UN ESPÍRITU INCREDULO 

Nada más contaminante que el germen de la incredulidad y la ausencia de fe. El hecho de no creer en la verdad de Dios es incluso un pecado que nos atormenta de forma constante, como una gota de agua que performa un espacio. Padecer incredulidad nos aleja de Dios y sus promesas; nos hace rechazar la vida y el mundo que nos rodea, nos hace cobardes y nos provoca rebeldía. El ser que abraza la incredulidad endurece su corazón y permite entrar otros enemigos que nublan nuestra fe y fuerza espiritual.

EL SHOCK DEL ORGULLO 

El orgullo antes era llamado altivez. Es un camino donde la vida espiritual sale del sendero, nos aleja de la gracia divina, de las virtudes y hace que lleguemos al pozo del vacío espiritual. Al ser algo cotidiano, nos puede causar conflicto identificarlo, pero aquí te dejamos una pista: ser agresivos al interactuar con los demás, rechazar momentos de interiorización con nosotros mismos, poner en primer lugar los objetos y la vida material, colocarnos al centro de toda situación de forma egocéntrica, de esta forma actúa el orgullo y nos abate el alma.

Debemos aprender a estar alerta sobre estás nuevas formas que debilitan nuestro ser, que nos desaniman y provocan desesperanza. No podemos perder la batalla porque les dimos oportunidad de actuar de forma silenciosa, porque la tarea de todo cristiano es frenarlos con la ayuda de Dios.

 


 

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