Por Sergio L. Ibarra

La democracia ha evolucionado y lo seguirá haciendo con la sociedad, es producto de esta y, en consecuencia, se ve influenciada por cambios en la cultura, el arte, la tecnología y la ética. Subrayo esta última porque la ética resguarda las preferencias sociales expresadas como valores.

Francis Fukuyama (1952) escribió el ensayo “¿El fin de la historia?” que luego convertiría en libro, hacia finales del siglo XX, con el que inició una reflexión a nivel mundial en el sentido de plantear que lo que había prevalecido desde la antigüedad hasta la Revolución Francesa y la Revolución Norteamericana, había llegado a su fin. Una sociedad en la que existía, por un lado, una clase social de amos y otra de esclavos que, ante su miedo natural a la muerte, preferían someterse a una vida de servidumbre. Esta división social se caracterizó porque ninguna se sentía plenamente reconocida, pues, mientras que el esclavo no era reconocido completamente como un ser humano, el amo tampoco podía sentirse del todo satisfecho con el reconocimiento de quién era considerado inferior o ni siquiera humano.

Fukuyama plantea y rescata las causas de estas revoluciones que marcaron el fin de la historia de la humanidad, en la que este reconocimiento desigual fue reemplazado por el reconocimiento universal y recíproco donde cada ciudadano reconoce la dignidad y la humanidad de todos los demás, en donde subyace el Estado democrático liberal. Entendiendo que la sociedad liberal se basa en un acuerdo recíproco entre ciudadanos que persiguen su reconocimiento universal como seres humanos, libres e iguales. Naciendo en consecuencia una nueva historia de la humanidad.

Platón planteó en su libro La República, la concepción del thymos un término que puede traducirse por valor, coraje, orgullo y honor. Denota un sentido humano, innato de la justicia que hace que nos sintamos indignados cuando percibimos que estamos siendo tratados injustamente, o está atentando contra nuestra dignidad. En palabras de Fukuyama, la dignidad es aquella que hace que el hombre, que siente que su validez está constituida por algo más que por el complejo conjunto de deseos que forman su existencia física, solo esté dispuesto a caminar delante de un tanque o hacer frente a una línea de soldado otra vez.

Plantea el autor: El Estado que emerge al final de la historia es liberal en la medida que reconoce y protege, a través de un sistema de leyes, el derecho universal del hombre a la libertad y, democrático, en tanto existe solo con el consentimiento de los gobernados. Hay que plantear esto en la realidad de México, en la actual administración y en su afán por descomponer todas las instituciones creadas con el único fin de conservar el poder.

¿Qué le queda a la ciudadanía? No permitamos no indignarnos, defendamos informados nuestra democracia. Entendamos el momento histórico, seamos portadores de las verdaderas prioridades que deseamos para nuestros hijas e hijos y evitemos que el abstencionismo gane las siguientes elecciones.

 

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 4 de febrero de 2024 No. 1491

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