Por P. Joaquín Antonio Peñalosa
Cada edad de la vida tiene sus propios demonios. Algunos prefieren decir fantasmas, por la razón que André Gide formuló deliciosamente: “No creo en el demonio, pero sé que el demonio desea que no crea en él”.
La infancia de caramelo y algodón de azúcar, la infancia luminosa y cándida, tiene también un negro y cornudo demonio. El niño es egoísta de pies a cabeza, individualista irredento sin sentido social, defensor absoluto de la propiedad privada -sus juguetes, sus libros, su pieza-, al estilo del más ortodoxo y primitivo liberalismo: Yo, mi, lo mío.
Sobre la juventud revolotea un enjambre de demonios dedicados a promover el sexo múltiple, la independencia omnímoda, los paraísos artificiales, el culto al cuerpo. Hay jóvenes más narcisistas que Narciso.
Los experimentados dicen que, de todos los demonios, el más sutil y retórico, prepotente y experto es el demonio meridiano. Ya el rey David escribía en el Salmo 90: “Quien se refugia en el Altísimo, no tendrá por qué temer los asaltos del demonio del mediodía”. Paul Bourget, pintor de la alta sociedad francesa y maestro de la novela psicológica, publicó en 1914 El demonio del mediodía. El que suele llegar de puntillas en torno de los 40 años, en pleno ardor de la juvenil madurez, cuando el ser humano vive de nuevo una segunda adolescencia perforada de erotismos, de avidez por el dinero y el poder, de largas noches de vino y rosa.
¿Y la vejez? El poeta español Vicente Aleixandre, premio Nobel de literatura, decía que “la vida es la juventud y una larga decadencia”. No son pocos los despistados que creen que el hombre decadente, el anciano de la tercera edad, no tiene demonios a la vista, como que ha llegado al perfecto equilibrio y a la serenidad del atardecer, el sol benigno, las nubes mansas, los aires quietos. Pero entre las cenizas se encuentran las brasas. El demonio final aconseja a los viejos el afán de poseer, los vuelve avaros y tacaños, apegados a las cosas que pronto les hurtará la muerte; les aconseja que, a su edad, merecen respeto, honor, veneración, culto.
En el desierto de los años canos, sale al paso un diablo también viejo y calvo y susurra al anciano el desprecio por todo lo moderno, la adoración de todo lo pasado: “Cuando yo era joven, allá en mis tiempos, recuerdo que una vez, ahora las cosas andan mal…”
El demonio senil le exalta al viejo su experiencia, lo hace creer que lo sabe todo por el hecho de haber vivido 83 años y que todo mundo debe recurrir a él en demanda de consejos.
Si la imaginación del demonio es una maravilla para tentar al hombre, no es menos maravilla el despliegue de tácticas defensivas del hombre para ahuyentar al demonio. Recitar la oración Magnífica al revés, llevar al pecho un collar con cuentas de azabache, ámbar y muérdago, o con raíces de mandrágora y un trocito de marfil; poner al pie de la cama unas tijeras abiertas, guardar en un cofrecillo tierra del cementerio, pelos de unicornio, botones que pertenecieron a un ahorcado, clavar sobre la puerta espolones de gallo, alas de murciélago, un ramo de tomillo arrancado por una muchacha virgen la noche de San Juan. Como es de suponer, hay un demonio muerto de risa dedicado a inspirar al hombre todas estas vanas defensas que en nada lo defienden. ¡Qué diablos!
Artículo publicado en El Sol de México, 26 de julio de 1990; El Sol de San Luis, 27 de julio de 1990.
Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 24 de agosto de 2025 No. 1572