Por Arturo Zárate Ruiz
No necesariamente reducir las opciones a “sí” o a “no” es equivocado. Toda decisión lo implica de alguna manera. Si se escoge algo en un momento, se desecha, al menos en ese momento, lo demás. Muchas veces ocurre así en asuntos aparentemente poco importantes. En un restaurante, se elige un platillo para comer, no todos, si no por otras razones, porque sería caro pagarlos e imposible comerlos a la vez. En política, elegimos una opción, no todas, al menos al votar en los comicios. Entonces se nos pide escoger un solo candidato o un solo partido, no más. A veces elegir sólo una opción responde a un mandato moral: no es correcto tener varios maridos o esposas. En cuestiones religiosas, no está bien que se acepten como correctas distintas confesiones (como si hubiera varias verdades), o que de una se escoja sólo lo que a uno le acomoda (se mutilaría la verdad, y se volvería mentira). El mismo Cristo advirtió que se estaba de lleno con Él o contra Él. No se puede ser neutral o selectivo en asuntos de absoluto bien o absoluto mal.
Aun así, son muchas las ocasiones en que elegir un bien no anula las oportunidades, ni la libertad, de escoger otros después y aun varios entonces. No es que haya varias verdades. Lo que hay son varios bienes elegibles, verdadero cada uno de ellos, y que no se excluyen uno al otro. Uno puede servirse lo que a uno le da la gana, mientras le quepa a uno en la barriga, en un buffet.
Algo así como cuando vamos al súper. Ciertamente un límite es cuánto dinero contamos. Pero aun cuando tengamos en la lista comprar peras, podemos preferir manzanas por su precio y su aroma, o ambas cosas, o simplemente ninguna de ellas. Ocurre así también cuando vamos a una boda. No iremos allí con traje de playa. No es la ocasión. Pero para esa boda podemos elegir traje o sólo saco elegante (no se nos ha instruido ir de postín). De hecho, podemos incluso escoger entre ir a su fiesta o no; ir a la fiesta, pero no a la boda en sí; o, es más, no ir a ninguna. Lo que quiero notar es que existe un rango amplio de situaciones en que podemos elegir lo que nos dé la gana.
Como dije, en política se nos suele imponer el “sólo esto” o “sólo lo otro” en los comicios. Pero en la vida diaria podemos ser pro-empresarios, pro-obreros o ambas cosas, o ninguna, según convenga en cada situación. No se nos puede exigir vivir presos en un polo. Hacerlo consistiría en polarizar. Evitarlo es admitir la diversidad.
Así, en alguna medida, con asuntos religiosos. Por supuesto, no depende de una elección personal que Jesús sea Dios. Lo es. Pero también es cierto que son muchos los carismas, como advierte san Pablo. Y según esos carismas uno puede escoger desde ir a Misa a las 6:00 A. M., no a las 10:00 A. M., a vivir la espiritualidad de los laicos, no de los franciscanos, no de los dominicos, u otras, y saber que cada uno puede hacerlo, según esté permitido, a su manera.
Por ello, si soy laico desgreñado (por mi tendencia a calvo), ni se me ocurra pensar que aquellos con mucho pelo y bien peinados no son laicos de verdad. Polarizar entonces consistiría en pensar que mi manera de vivir a Cristo es la única válida, no así las demás; polarizar, pues, es pretender que yo sólo estoy bien, y mal los muy diversos otros.
Lo hago cuando considero que la música tipo gregoriana es la única adecuada en misa cuando hay mucha otra música permitida. Que no me guste es mi problema. Suele ocurrir cuanto canta el pueblo, que es lo más correcto, y no un coro. Mi molestia reside en que abundan los desafinados. Pero no vamos a misa a deleitarnos con un coro exquisito, vamos a alabar a Dios con nuestras voces, aunque suenen a pito. Si a otros el desafinar les sirve para acercarse mejor a Dios, me debería más bien alegrar.
En fin, aunque lo parezca, no necesariamente es polarizar que algunos laicos exageren su pertenencia a un grupo hasta en la forma de estornudar, para así distinguirse de los demás. No está mal si no creen que por hacerlo sean más santos que quienes no se acoplan a su estilo. Es una de sus maneras de establecer su identidad. Lo que sí polarizaría sería el contrariarse por ese uniformarse suyo tras convertir el “no uniformarse” en el polo santo y arrumbar en el polo de “no santos” a cualesquier otros que sí lo hacen (y muy libremente).
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