Por Arturo Zárate Ruiz
El 28 de enero recordamos a Santo Tomás de Aquino, cumbre de la verdadera filosofía, una que investiga la realidad en lugar de perderse en experiencias subjetivas, ya sea la percepción sensible de los empiristas, o la mera elucubración de los idealistas. Cumbre también de la teología: su Suma se consultó junto al lado de la misma Biblia en las sesiones del Concilio de Trento para frenar a los herejes del siglo XVI y defender la recta doctrina. Ejemplo de estudio, investigación y enseñanza en las universidades, es hoy santo patrón de todas las escuelas y se le identifica como Doctor Angélico. Fue además un gran poeta que cantó la bondad de Dios en la sagrada forma. A él se debe el Pange Lingua y el Oficio del Santísimo Sacramento.
Fue alto, y muy robusto, lo que no le impidió recorrer Europa a pie (más de 10 mil kilómetros) para predicar, enseñar y sostener la fe, en un contexto, siglo XIII, en que prosperaban horribles herejías: de nuevo, el arrianismo que negaba la divinidad de Cristo; también la que afirmaba que, en vez de dos naturalezas unidas de manera hipostática en una sola persona, Cristo, había dos personas, la divina y la humana; y la opinión fideísta que consideraba la fe y la razón radicalmente opuestas: “Creo porque es absurdo”, rebuznó Tertuliano.
Como puso en claro santo Tomás, que no fueran razón y fe la misma cosa, es más, que una, como noción, dependiese de la revelación y otra de las operaciones del intelecto humano, no significaba que una contradijera a la otra, y menos que la fe fuera absurda, como si Dios, la Sabiduría misma, nos revelase mentiras. No es que hubiera dos verdades que se opusiesen, sino, por decirlo yo de alguna manera, dos hechos: lo sobrenatural y lo natural como partes de la Creación divina, cuyo conocimiento nos viene de diversos modos que no tienen por qué contradecirse.
Discípulo de San Alberto Magno en la Universidad de París, Santo Tomás de Aquino admiró en este maestro la pasión por las ciencias naturales, y pudo apreciar que no contrariaban los estudios teológicos. Pudo así hablar de la revelación cristiana asistido tanto por la razón y la fe. Según la razón pudo demostrar la existencia de Dios con base en sus famosas cinco vías (movimiento, causa eficiente, contingencia, grados de perfección y finalidad). Y sin oponerse a esta razón, afinó de manera sistemática, con sus estudios teológicos, la fe que nos viene de la misma revelación, por ejemplo, que Jesús es Dios y que Dios es Uno y Trino. Estos estudios hoy los conservamos en sus sumas o resúmenes de teología. De hecho, hizo de ésta una ciencia (antes de él, la revelación se solía exponer de manera no sistemática).
También fue un experto en estudios del Derecho. Su exposición de esta ciencia es la base del Derecho Natural, el cual todavía se estudia en muchas universidades y se reconoce en muchos países, como Estados Unidos, aunque no en México, donde únicamente se admite, al menos desde la perspectiva jurídica, el derecho positivo vigente (el prescrito por una legislatura y, por tanto, siempre cambiante, aunque contraríe el derecho natural, lo que es una barbaridad, como ocurre todavía con nuestra Constitución que prohíbe la educación religiosa y a los sacerdotes opinar).
Sin respaldo del derecho natural, cualquier regla, aun una Constitución, pierde su base racional y se reduce a meros caprichos del momento del grupo gobernante.
Con base al derecho natural tomista, Francisco de Vitoria desarrollaría el derecho de gentes en el siglo XVI. Éste serviría para defender, en cierto modo, la libertad de los pueblos nativos de América frente a los españoles.
Pariente de reyes sicilianos, y miembro de la más rancia nobleza, Santo Tomás de Aquino prefirió unirse a la orden de los predicadores, o dominicos, un grupo mendicante, que abrazaba la pobreza, como los franciscanos, de fundación reciente entonces. Para los estándares actuales murió muy joven, a los 49 años. Reconocida su santidad, sus restos se los han disputado distintos lugares, como Fossanova (donde murió) y Toulouse (que logró conservarlos). Su cráneo se exhibe todavía, espero que por veneración y no para elucubrar por qué era tan inteligente según la falsa ciencia de los frenólogos. Esto último sería falta de respeto.
Que Santo Tomás de Aquino guíe e ilumine nuestros estudios y universidades.
Imagen de Nheyob, CC BY-SA 4.0, via Wikimedia Commons





