Por P. Fernando Pascual
Al nacer, iniciamos un camino. La meta no siempre estaba clara, pero cada día teníamos que dar nuevos pasos.
De pequeños, éramos llevados por nuestros padres y otros adultos que nos acompañaban. Con el pasar de los años, empezamos a tomar las riendas y a decidir hacia dónde nos dirigíamos.
Hay momentos de duda: ¿universidad o empezar un trabajo? ¿Esta carrera u otra? ¿Seguir con este amigo o separarnos por un tiempo?
Otros momentos somos llevados por los acontecimientos: un accidente interrumpió todo el programa de varios meses. Unas medidas sanitarias bloquearon las opciones de millones de personas.
En nuestro continuo caminar, a veces la meta parece nítida: poner en marcha un negocio, iniciar la vida de una nueva familia, acoger a un hijo y sacarlo adelante.
Esas metas, desde luego, no son completas, ni tampoco llenan nuestras aspiraciones de bien, que van mucho más lejos de lo que pueda ser incluso un ideal noble pero sometido a todo lo frágil de nuestro mundo.
Otras veces, las metas resultan dañinas. Basta con pensar en quien ha escogido una vida de alcohol y drogas para ver cómo se desintegra, a veces con daños casi irreparables.
Necesitamos ayudas en el camino de la vida para no dar malos pasos, para no confundir lo que es provisional con lo definitivo, para restablecer fuerzas y seguir adelante.
Necesitamos ayudas, sobre todo, para mirar siempre hacia la única meta que da sentido a todo esfuerzo: la de un Amor eterno que recibimos como don y que esperamos alcanzar en el cielo.
Sigo en camino. La vida me exige nuevas decisiones. Con buenos amigos tendré clara la meta y recibiré ánimos para avanzar hacia el encuentro con un Dios que está al inicio y al final de cada biografía humana.
Imagen de Sergio Cerrato – Italia en Pixabay





