Por Jaime Septién
El próximo 31 de julio se conmemorará el primer centenario del inicio de La Cristiada. El cierre de los templos por parte de los obispos mexicanos — fruto de la imposición de unas leyes ignominiosas que venían desde la Constitución de 1917 y que fueron “mejoradas” por Plutarco Elías Calles— motivó que muchos mexicanos se alzaran en armas mientras que otros abogaban para detener el conflicto y evitar el brutal derramamiento de sangre que llenó de muerte, por tres años, el centro y el occidente de México.
Acabo de escuchar y ver la conferencia que dio en Aguascalientes mi admirado y contertulio Jean Meyer. Invitado por la diócesis, este historiador francés nacionalizado mexicano, el que “le enseñó” La Cristiada a México, en la que hace un recuento de sus investigaciones y, particularmente, de los testimonios de viejos cristeros que forman parte de los tres libros sobre esta epopeya del pueblo fiel por defender la libertad religiosa y dotar a Cristo Rey del trono que le corresponde en una nación cuya madre santísima, en su advocación de Guadalupe, consideró como hija suya.
Y Jean dijo algo muy importante. Conmemorar La Cristiada no quiere decir imitar lo que sucedió entre 1926 y 1929. Salir a la calle con violencia e igualar al gobierno de entonces con el de ahora puede darle la pauta a muchos fanáticos anticatólicos para hacernos “pagar el precio”; para ejercer su odio contra quienes creen que manipulan al pueblo, sobornan las conciencias y son enemigos del progreso.
Conmemorar significa, entonces, recuperar el honor de ser católicos. Hacer relucir la fe en obras, especialmente con los más pobres, y trabajar, en serio, para que la paz de Cristo sea entre nosotros.
Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 18 de enero de 2026 No. 1593





