Por P. Fernando Pascual
Es importante preguntarnos qué vamos a hacer por Dios. San Ignacio de Loyola, en sus Ejercicios espirituales, invitaba a quienes hacían los ejercicios a formularse la pregunta: de ahora en adelante, ¿qué voy a hacer por Dios?
Esa pregunta, sin embargo, supone antes, en el pensamiento del mismo san Ignacio, descubrir y agradecer lo que Dios ha hecho por mí.
En cierto sentido, lo más importante de la vida cristiana consiste en dejar hacer a Dios. Lo que yo haga tiene su valor, incluso contribuye al bien de la Iglesia y del mundo. Pero solo Dios puede cambiar los corazones.
Por eso, cada día tenemos que abrir la mente y la voluntad para ponernos delante de Dios y dejarle transformar nuestras vidas.
Seremos entonces como la arcilla en manos del alfarero. “Pues bien, Yahveh, Tú eres nuestro Padre. Nosotros la arcilla, y Tú nuestro alfarero, la hechura de tus manos todos nosotros” (Is 64,7).
Si vivimos así, nuestra vida espiritual se simplifica. No estamos angustiados por lo que hacemos o por lo que dejamos de hacer. Con sencillez, le decimos al Señor que haga su obra en nuestros corazones, que nos guíe y nos transforme según su voluntad.
Ese es el camino que siguió la Virgen María, que supo ser siempre la esclava del Señor, que dijo con una generosidad llena de confianza las palabras que abrieron la entrada de Dios en el mundo: “hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38).
María dejó hacer a Dios, y el Verbo se hizo carne. Desde entonces, la luz brilla, las tinieblas retroceden, la salvación está al alcance de todos.
Ese es el camino para vivir como hijos, para actuar como cristianos: dejar hacer a Dios, para que su Amor triunfe en nuestras vidas y nos lance a hacerlo todo desde ese amor.
Viviremos, entonces, según una hermosa oración de la Liturgia de las Horas: “Tu gracia, Señor, inspire nuestras obras, las sostenga y acompañe; para que todo nuestro trabajo brote de ti, como de su fuente, y tienda a ti, como a su fin”.





