Por P. Prisciliano Hernández Chávez, CORC
El filósofo Camus se escandaliza de Dios que lo lleva a su ateísmo y , muchos con él, porque supuestamente el mismo Dios no hace nada por los inocentes que sufren, y añado yo, y nosotros los hacemos sufrir con nuestros egoísmos, indiferencias y teorías malsanas.
¡Qué difícil es explicar desde el ámbito de la razón el porqué del sufrimiento de todo ser humano, y en particular, del sufrimiento de los inocentes!
Solo en la perspectiva de la fe como adhesión a Cristo muerte y resucitado, tenemos la posibilidad de vislumbrar la luz que nos rescata de nuestra oscuridad del no saber.
El Verbo encarnado, Dios verdadero de Dios verdadero y humano como nosotros, asumió nuestra condición pasible; sufre en su Corazón las penas morales, como la madre que pierde un hijo o el amigo que traiciona o como Lázaro, el amigo que muere.
Es el Cordero de Dios, Siervo doliente, que cargó sobre sí nuestras culpas y pecados, para redimirnos. Cordero inocente que paga por los culpables e incluso sacrificado en el patíbulo de la Cruz, por los correctos de la tradición hueca de contenido de la Palabra de Dios y por los amos del poder que lo identifican con su razón y son los tiranos de ayer, de hoy y de siempre.
El Cordero de Dios no solo nos alcanza el perdón misericordioso a nuestros pecados, sino algo más: nos quita el pecado del mundo ( cf Jn 1, 29-34). Nos quita el mal que se apodera de nosotros. Quita nuestra deshumanización; nos libera de nuestra autocracia y autoafirmación contra Dios y contra el hermano, que es todo ser humano, sin ninguna distinción o sectarismo de derecha o de izquierda. Quita ese pecado enquistado en las ideologías malsanas, en las economías egoístas, en las políticas sesgadas, parciales y mentirosas de quienes buscan el poder con dádivas.
Este Cordero de Dios, es quien nos bautiza con Espíritu Santo. A través del agua y de su sangre derramada, nos bautiza con y en el Espíritu Santo. Nos sumerge en él, persona divina,
Fuego del Amor incandescente y eterno. Es el Espíritu de la Vida, de la Vida de Dios mismo, del ser divino; Jesús, el Cordero de Dios, nos bautiza en el Espíritu de la Verdad, para discernir las falsas verdades; en el Espíritu del Amor, que nos posibilita para liberarnos de todo egoísmo autosuficiente y cruel o indiferente; Espíritu de conversión, que nos va trasformando paulatinamente; Espíritu de renovación, quien nos abre a las novedades creadoras de los santos quienes conocieron los signos de los tiempos y respondieron con sabiduría y entrega total.
Es el bautismo del Cordero inocente con el Espíritu Santo quien nos abre a la profunda y gozosa experiencia del Dios vivo y verdadero. Más allá de los conceptos teológicos, -aunque Rahner decía que ‘la teología es el esfuerzo del concepto’, el Espíritu Santo nos lleva a algo más, a vivir plenamente esa ‘relación’ vital en el Espíritu con el Padre y con el Hijo.
Nuestra vida en el Espíritu, es verla, gozarla y vivirla como Dios la ve y la ama: hermosa y abierta a la felicidad eterna, nuestro fin absolutamente último, del ‘hogar eterno’.
Imagen de Holger Schué en Pixabay





