Por P. Fernando Pascual
Un niño levanta un castillo en la playa. Sabemos que ese castillo no durará mucho: las olas y el viento, o el paso de la gente, destruirán murallas, fosos y torres.
Muchos adultos han levantado y levantan un mundo virtual que dura años y años, con imágenes, sonidos, textos, y un sinfín de operaciones cada vez más complejas.
¿Hay alguna semejanza entre el castillo de arena e Internet? Espontáneamente pensamos que el inmenso mundo de Internet ha cumplido ya muchos años y que durará, seguramente, un tiempo casi indefinido.
Pero ese mundo de Internet tiene pies de barro. Un apagón de luz, y ya no podemos entrar en sus páginas. Un problema electrónico complejo, y los usuarios de una región no pueden conectarse. Un “hacker”, y quedan dañados cientos de aparatos “llenos” de datos de un valor incalculable.
Suponemos que habrá copias de seguridad que protegen ese rico material que gira en Internet, pero luego nos encontramos, con sorpresa, que un banco, o un periódico, o una universidad, avisan que todos sus datos se han perdido por un daño “físico” o electrónico.
Por eso, Internet tiene una presencia que parece interminable, pero también adolece de una fragilidad que hace que desaparezcan no solo humildes páginas de particulares, sino incluso datos de gobiernos y de organismos internacionales.
Un castillo de arena puede durar unas horas, quizá incluso más de un día. En el paseo por la playa, vemos sus restos y pensamos en el esfuerzo de aquel niño que tuvo la inventiva y la tenacidad de ponerlo en pie.
Internet puede durar años y años. Pero llegará un día en el que, por más que nos esforcemos, no será posible ni entrar en nuestras páginas personales, ni consultar una enciclopedia online, ni preguntar a una inteligencia artificial un dato que nos resulta urgente.
Mientras las olas destruyen castillos de arena, y mientras los cables o las ondas se debilitan hasta privarnos de maravillosas páginas de Internet, hay algo que nunca termina y que llega hasta lo eterno: lo que hacemos por amor y para amar.
Porque el amor, lo hemos escuchado muchas veces, no puede morir. Porque Dios es Amor, y ha puesto en nuestros corazones una capacidad de amor que explica y da sentido a lo que construye un niño en la playa, a lo que proyecta un ingeniero informático, y a lo que realiza un agente sanitario que cuida, día a día, a ese enfermo que ya no aparece en las redes sociales, pero que tiene un lugar eterno en el corazón del Padre de los cielos…
Imagen de Ben Kerckx en Pixabay





