Por P. Prisciliano Hernández Chávez, CORC.

El pueblo que caminaba en tinieblas verá una gran luz (cf Is 8, 23-9); la luz de Cristo y de su Evangelio (cf Mt 4, 12-16), ayer, a través de la historia, y hoy con meridiana claridad y en el futuro.

Quizá hay muchas y muy variadas buenas nuevas; pero Jesús, Dios, Hombre y Salvador, Señor del mundo y de la Historia, nos ofrece la verdadera y perenne Buena Nueva, su Evangelio: el Reino de Dios, que implica a toda la persona integralmente y la plena comunión con el Tú divino.

Por Jesús y a través de él, Dios se ha acercado, para revelarse y no tener un Dios a la medida y según las propias teorías o suposiciones. Cristo es el verdadero Rostro del Padre y el comunicador del Espíritu Santo, dinamismo divino

Su Evangelio es la Buena Nueva del amor misericordioso de Dios; es la fuente de la vida que rebasa los límites de la muerte.

Él nos permite superar las verdades a medias o medias verdades que son mentiras completas; disipa con su persona y enseñanza luminosas, la oscuridad del error y la mentira, sobre Dios, sobre el mundo, sobre el ser humano y sobre su fin último.

Ayer como hoy siguen existiendo las sombras de muerte. Es penoso y lamentable que reine la injusticia y el mal, propiciados por cínicos quienes se presentan como benefactores; lobos con piel de oveja.

Jesús nos invita a todos a convertirnos y creer en el Evangelio, palabra de luz y de vida, más allá de teorías abstractas y prédicas descontextualizadas.

Convertirse significa recuperar la identidad cristiana que se identifica con el Camino, que es el mismo Jesús, al que hemos de seguir con estricta fidelidad.

Conversión significa involucrarse en el proyecto de Dios, nuestro Padre. Ser compasivos y misericordiosos; recuperar la dignidad de los excluidos, es decir, ser su voz para que sean reconocidos sus derechos cuya soberanía es de la persona que tiene valor absoluto, de ahí se desprende lo segundo que podría ser la soberanía del territorio, como enseña el creador del Derecho Internacional, -ius gentium, Francisco de Vitoria, dominico (O.P.).

Por el Evangelio de Jesús, sabemos que Dios mismo quiere hacer nuestra vida plenamente feliz y humana, supuesta la gracia sobrenatural, es decir, nuestra comunión con él.

La conversión conlleva el gozo y la liberación del egoísmo esclavizante y nos libera, en verdad, de la angustia y del estrés.

Nunca es tarde para amar, nuca es tarde para aprender el ‘arte de ser feliz’, como lo enseña el Padre Ignacio Larrañaga.

Hoy el ser humano ha parcializado el conocimiento y posee grandes especializaciones e información a toneladas, pero necesita la sabiduría de la existencia, que la da el Evangelio de Jesús, su Buena Nueva.

Hemos de ser coherentes con el misterio que anhela nuestro interior, tantas veces sofocado e ignorado.

No adoptemos la postura trágica de la vida, de prescindir de Dios.

Si queremos responder a nuestra vocación de personas y a nuestras circunstancias vitales, al estilo orteguiano, no entra el destino, sino la Providencia, que busca y quiere lo mejor para todo ser humano.

La respuesta es convertirnos al Evangelio de Jesús que presencializa el Reino de Dios.

 
Imagen de Michael De Groot en Pixabay


 

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