Por P . Fernando Pascual
El asombro ha sido y es una experiencia continua entre los seres humanos. Con los ojos bien abiertos, desde nuestra infancia, cada uno de nosotros comenzó a fijarse en tantas realidades y tantos hechos que despertaban nuestra curiosidad y nos movían a un sinfín de preguntas.
Educar en el asombro es el título de un volumen que, desde su primera edición en 2012 y hasta 2024, ha tenido ya 37 ediciones. Su Autora, Catherine L’Ecuyer, nació en Canadá y vive desde hace años en España. Tiene doctorado en Educación y Psicología, ha impartido numerosas conferencias, y colabora con un grupo de investigación de la Universidad de Navarra sobre el tema mente-cerebro.
Intentemos presentar sintéticamente algunas de las tesis ofrecidas en Educar en el asombro (publicado por Plataforma Editorial, Barcelona, 2024, edición 37ª). La obra se estructura en dos partes. La primera busca exponer qué es el asombro, además de señalar por qué se está debilitando en nuestros días. La segunda parte, propositiva, ofrece pistas para educar en el asombro. Cada parte se divide en secciones: de la 1 a la 5 (primera parte) y de la 6 a la 17 (segunda parte). Nos fijamos ahora en la introducción y en la primera parte.
La obra constata en la introducción un gran problema que sienten profesores y padres de familia: resulta cada vez más difícil encontrar modos concretos para motivar a los alumnos, a los hijos (p. 17). Los hijos están dispersos, sin ganas de estudiar en serio.
Ante este fenómeno, hay profesores que se esfuerzan por convertir las clases en espectáculos, con presentaciones, filmados, audios, y todo tipo de actividades orientadas a captar el interés de los alumnos, mientras disminuye el tiempo de explicaciones que podríamos calificar como “tradicionales”.
Muchos se quejan por esta situación y observan cómo los niños ya no son ahora como eran antes. Sin embargo, ahora, como antes, un niño pequeño experimenta el asombro cuando mira un globo que cae lentamente, o ante el brillo de un objeto sin valor aparente (pp. 20-22).
Los niños tienen un enorme sentido de asombro que les lleva, desde una motivación interior, a lanzarse a conocer el mundo que les rodea. Ocurre, sin embargo, que en muchos hogares y escuelas se estimula al niño desde fuera, excesivamente y sin respetar sus ritmos, con el riesgo de debilitar el impulso interior (pp. 21-22). Esa es una de las observaciones centrales de L’Ecuyer desde el inicio de su obra, y la clave para comprender el resto del libro.
Otra clave radica en la crítica a modelos educativos de tipo mecanicista, que ven “al niño como una materia prima sobre la que se trabaja para convertirla en lo que queremos que sea” (p. 24). Tales modelos sostienen que no hay naturaleza, sino que todo sería programable, y así buscan “bombardear” a los niños con estímulos externos para dirigir su desarrollo (p. 25). Este punto se convierte en el centro de la sección 4, como veremos en seguida.
Para la Autora, habría que superar el error de esas propuestas y reconocer que hay en el niño (y en cada ser humano) un movimiento interior que funda nuestro deseo de conocer y que está asociado con el asombro. Para ello, como indica desde la introducción, resulta útil identificar qué ha llevado a tantos niños y jóvenes a vivir desmotivados, y cómo recuperar el asombro como clave central en el camino educativo (p. 25).
La sección 1 nos recuerda las preguntas de los niños, que reflejan su asombro ante lo que es, ante la realidad. En cierto sentido, ese asombro muestra que los niños ya son filósofos, pues el asombro es el inicio de la filosofía, como había explicado Platón (pp. 30-31). El asombro surge de modo innato y coincide con el deseo de conocer. Pero el asombro necesita encontrar un entorno adecuado que permita y favorezca su sano desarrollo.
La sección 2 se coloca ante la alternativa del origen del aprendizaje: ¿viene desde fuera o desde dentro? Miles de pedagogos han buscado responder a esta pregunta. Una respuesta, en su tiempo “revolucionaria”, fue la de María Montessori, que sostenía que el proceso inicia en el niño, desde dentro, “mientras el entorno y el maestro son meros facilitadores” (p. 34).
Otras respuestas adoptaron una visión mecanicista, incluso se apoyaron en psicólogos que, a través de experimentos con ratas, defendieron que el ambiente externo enriquecido mejoraba la plasticidad cerebral (pp. 35-36).
La teoría mecanicista se plasmó en programas de estimulación temprana (o precoz). Pero aquí encontramos uno de los puntos de crítica que recoge L’Ecuyer: no hay estudios que demuestren que la estimulación temprana lleve a buenos resultados (pp. 36-37), ni tampoco estudios que avalen científicamente la conveniencia de iniciar la educación formal cuanto antes (p. 38). Tampoco habría estudios suficientes para defender que sería bueno recurrir a métodos, algunos apoyados por la propaganda, que incluyen ciertos ejercicios que, según sus defensores, influirían en mejoras neurológicas y en una fácil adquisición de habilidades mentales, por ejemplo los promovidos por Brain Gym (pp. 39-42).
En cambio, y aquí aparece una de las tesis más fuertes de nuestra Autora, “existen estudios que confirman que la clave a la hora de tener una mejor preparación para el proceso cognitivo y un buen desarrollo de la propia personalidad reside en la calidad de la relación que el niño tiene con su principal cuidador durante los primeros años de vida” (pp. 37-38). Esta tesis tendría a su favor, entre otros estudios, los de Daniel Siegel (pp. 42-45), un importante investigador sobre neurociencia en clave interpersonal.
Surge entonces la pregunta: ¿qué consecuencias tiene la sobreestimulación? La sección 3 busca ofrecer una respuesta, desde la tesis central de L’Ecuyer: el aprendizaje inicia desde dentro, y la estimulación externa no resulta necesaria para un buen desarrollo inicial de los niños (pp. 46-47). Al ofrecer esta tesis, se constata cómo la sobreestimulación está creando problemas de aprendizaje en los niños, y cómo el entorno normal que ayuda realmente al niño se caracterizaría por tener una cantidad mínima de estímulos (como ha sostenido Daniel Siegel, p. 49).
De modo más concreto, no resultaría beneficioso para un niño ver pantallas con cambios bruscos y rápidos de imágenes, lo cual puede llegar a habituarle a depender de estímulos y motivaciones externas y a debilitar (incluso a apagar) el impulso interior y natural que todos tenemos (pp. 49-54). Al revés, un niño que ha desarrollado de modo normal su capacidad de asombro mantendrá vivo el deseo de estudiar porque conserva la curiosidad intelectual desde su propia interioridad (pp. 56-57).
Como ya anticipamos, la sección 4 analiza el modelo mecanicista y sus consecuencias sociales. Este modelo escoge metas (hitos, según la terminología usada en el libro), que pueden corresponder a lo que espera y necesita la sociedad, y busca tratar al niño como “programable” para alcanzar las metas propuestas (pp. 58-61). El modelo ha sido ampliamente aplicado con la idea de que “funciona”. Pero si se descubre que no funciona (sobre todo en un mundo que cambia continuamente), quedan dos opciones: o buscamos otro modelo mecanicista, “o bien ponemos en cuestión este modelo y devolvemos al niño el protagonismo de su educación. Educar en el asombro es optar por lo segundo” (p. 61, y lo que se dice en las conclusiones del libro al describir, de modo sugestivo, lo que significa educar en el asombro, pp. 165-166).
La primera parte se cierra con la sección 5, en la que se contraponen dos proyectos: uno que promueve “educar”, otro que busca “inculcar”. El primer proyecto busca “sacar” y “acoger” desde dentro hacia afuera, respetando lo que hay en el niño para acompañarlo en su desarrollo natural. El segundo busca “imponer”, y trabaja desde fuera hacia dentro.
Para L’Ecuyer, el fin de toda educación es el niño, y lo importante es acoger al niño con su asombro, sobre todo ante la situación que ha llevado a muchos niños a vivir desmotivados. Se trata, según la propuesta de todo el volumen, de cambiar de ruta y educar al niño en el asombro, que “consiste en respetar su libertad interior, contando con el niño en el proceso educativo, respetar sus ritmos, fomentar el silencio, el juego libre, respetar las etapas de la infancia, rodear al niño de belleza, sin saturar sus sentidos…” (p. 66).





