Por P. Fernando Pascual

Vamos a la tienda y compramos un kilo de tomates. ¿De dónde vienen? ¿Quién los ha sembrado y cosechado? ¿Cuánto esfuerzo hay detrás de esos tomates?

Luego entramos en un negocio de informática y nos llevamos un cable para el móvil. Las mismas preguntas: ¿quién lo produjo? ¿Con qué materiales? ¿Quién lo ha importado, si viene, como suele ocurrir, de un país lejano?

Continuamente entran en contacto dos grandes categorías de personas: los productores y los consumidores. No son categorías cerradas, pues un productor también es consumidor, y un consumidor tiene sus momentos para producir.

Gracias a las relaciones entre productores y consumidores, tenemos un pedazo de pan en la mesa, se enciende una lámpara en la habitación, y podemos sentarnos en una silla para leer un libro de historia o de literatura.

Seguramente casi todos somos conscientes de esas conexiones entre productores y consumidores, pero vale dedicar unos momentos para reflexionar en quienes han producido esta computadora, y en quienes serán los que compren esa alfombra que tejemos en una fábrica.

Los productores hacen esfuerzos que no siempre valoramos justamente. Es cierto que muchas tareas están automatizadas y que se llevan a cabo con facilidad, pero otras implican esfuerzos enormes, como la construcción de edificios o la agricultura.

Gracias a esas personas, algunas que viven en medio de tensiones que no siempre llegamos a percibir, tenemos un sinfín de productos a nuestro alcance. Además, no podemos olvidar a transportistas y vendedores que se encargan, día a día, en mover las mercancías para que estén a nuestro alcance.

Abro un paquete que me llega a domicilio. Hice la compra en un portal de Internet. Encuentro calcetines, caramelos, y un pequeño reloj digital. Detrás de esos objetos ha habido manos y corazones que trabajaron, a veces con esfuerzos no pequeños, para que esos productos lleguen hasta mi hogar.

Doy las gracias, con una oración a Dios, a esas personas que trabajan con energía y constancia para ofrecernos bienes que, usados correctamente, permiten una existencia serena, y nos dan fuerzas para emprender actividades con las que colaboraremos en la construcción de un mundo más justo y solidario.

 
Imagen de M en Pixabay


 

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