Por Antonio Maza Pereda

En este movido y muy noticioso inicio del año de 2026, se ha pasado un tanto de noche el asunto de la reforma electoral (en México). Aparentemente, el objeto de esta propuesta es reducir los costos de una democracia que nos resulta costosa, considerando qué tan efectiva es para nosotros.

Nuestra manera de elegir representa el balance de fuerzas entre la clase política y no necesariamente las necesidades de la mayoría, los que somos ciudadanos sin partido. Hay quien dice que no tendremos una democracia viable mientras en las boletas electorales no haya la posibilidad de votar por “ninguno de los nominados”. Si triunfara esa opción, los partidos estarían obligados a presentar nuevos candidatos. Ahí está el fondo del asunto. Los candidatos de los partidos políticos no necesariamente representan las necesidades de la población y muchas veces se vota por el menos malo, por el que consideramos el mal menor.

El costo de elegir representantes es alto. Esto se hizo a sabiendas de que hay poderes fácticos que tienen la capacidad de influir en el gobierno. Supuestamente, también se buscaba evitar la intervención del crimen organizado en la política. Lo que ha demostrado que fue bastante inútil. Al quitar los llamados representantes plurinominales, que son representantes de las minorías, se le da una ventaja injusta al partido en el poder. ¿Cómo reducir los costos y lograr un pluralismo que permita que todas las voces sean escuchadas? Uno de los problemas no resueltos de la democracia es el tema de la tiranía de las mayorías. Estas, cuando llegan al gobierno, tienen muchas posibilidades de gobernar simplemente por la fuerza del número, sin obligación de convencer ni de demostrar. Tenemos un sistema con pocos balances y contrapesos.

Una auténtica democracia tiene que dar cabida a otros modos de pensar. Gobernar para todos, dicen. Tenemos una cantidad muy importante de representantes espléndidamente pagados y que responden poco a las necesidades de la población. Si la única solución a esto es reducir el número de los representantes plurinominales, se habrá logrado un fortalecimiento de la clase política tradicional. En realidad, si se desea reducir los costos de la representación ciudadana, esa reducción debe ser pareja.

Un ejemplo: ¿tenemos, realmente, necesidad de 400 diputados federales? ¿No sería suficiente para un buen debate tener 200 de ellos? Nos hace falta, además de la oposición política, una oposición ciudadana no partidizada. La reacción ha venido de los partidos satélites de la 4T: el Partido Verde Ecologista y el Partido del Trabajo, quienes resienten la reducción de financiamiento a los partidos, por un lado, y la reducción de los representantes plurinominales. La votación de esos partidos satélites les es imprescindible para la 4T para poder aprobar esta reforma. Por eso, se ha pospuesto su presentación a febrero.

Tenemos un tiempo valioso para estudiar la situación y presentar propuestas alternativas. Es un momento importante para hacer oír nuestra voz. No tenemos que esperar a que se presente esta propuesta en un momento en que la atención ciudadana esté ocupada en otros temas aparentemente más urgentes. Porque de esto depende que nuestra democracia siga perfeccionándose.

No hay que dejar esta modificación a los políticos. La clase política buscará, por razón natural, su beneficio. Su supervivencia es su valor supremo. Y como ciudadanos sin partido, tenemos que ver más allá de las propuestas de esa clase política.

 


 

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