Por P. Fernando Pascual
Diversas teorías defienden que el hombre es el único responsable de su destino, en lo que se refiere a la misma especie humana, y en lo que se refiere a los otros seres vivos y al planeta en general.
Quienes aceptan esas teorías pueden ver de diversas maneras el presente y el futuro. Para algunos, el hombre avanza continuamente hacia la propia perfección gracias a sus conocimientos y al inmenso desarrollo de la tecnología.
Para otros, el hombre vive envuelto en innumerables problemas que no podrán solucionarse ni con las ciencias ni con los avances técnicos más sorprendentes.
Una mirada al pasado y al presente sirve para desmentir buena parte de los razonamientos de quienes creen en un continuo perfeccionamiento humano. Las guerras, las enfermedades, las crisis económicas, las tensiones en familia y en otros ámbitos, no han desaparecido ni siquiera en las sociedades más “desarrolladas”.
Pero la segunda visión, que podríamos llamar realista (algunos la llamarían pesimista), ¿no lleva a una angustia y a un sinsentido, si solo el hombre fuese el único protagonista de su historia, que terminaría con la muerte, si es antes no se produce una catástrofe universal?
Existe otra perspectiva, religiosa, que abre la mirada a la posible acción de Dios en la historia humana. Un Dios omnipotente y bueno, interesado por todos los vivientes y, de modo especial, por el hombre, abre el horizonte a un modo de ver las cosas que permite la esperanza.
Si, además, como creemos los cristianos, ese Dios quiso entrar en nuestra historia, hacerse uno de nosotros, ofrecernos su misericordia y su gracia, el horizonte queda enriquecido de una manera sorprendente, porque tenemos ante nosotros una acción que puede vencer el mal en todas sus formas.
Es cierto que la venida de Cristo no ha terminado con sufrimientos que acompañan a los humanos de maneras muchas veces incomprensibles. Pero también es cierto que aceptar a Cristo como Mesías permite vislumbrar una victoria definitiva del bien, la verdad, la belleza, la justicia.
Esa victoria no llegará a muchos en este tiempo presente, pero será recibida como un don en la vida que inicia tras la muerte. Mientras, la historia humana sigue con sus progresos y sus derrotas, con sus hospitales y sus vicios destructores, con sus gestos de solidaridad y con sus egoísmos asfixiantes.
No todo depende del hombre, pues, si así fuera, no habría esperanza. En cambio, creemos que junto al hombre, y muy por encima de sus mejores esfuerzos y deseos, hay un Dios que actúa en la historia y que nos permite abrirnos a la esperanza, gracias a la cual trabajamos en el presente y confiamos en la llegada de un Reino futuro de felicidad y de amor.
Imagen de Jakub Kopczyński en Pixabay





