Por Javier Muñoz Morales

Es un hecho que los biopics de cantantes famosos están de moda. Desde el genial Bohemian Rhapsody, que inauguró este resurgir musical acercándonos a la azarosa vida de Freddie Mercury, pasando por el apabullante Elvis de Baz Luhrmann, hasta el Bob Dylan menos folk de A Complete Unknown que nos llegaba a comienzos de este año, todos estos biopics tienen en común el carisma de los músicos, mostrar a la persona detrás de la estrella y la contextualización de canciones legendarias. Ahora es el turno del mítico Bruce Springsteen, “the Boss”.

Springsteen: Deliver Me From Nowhere (Música de ninguna parte, en español) sorprenderá a los espectadores que se acerquen a ella, porque nos va a mostrar el lado más íntimo y doloroso del rockero neoyorquino, pero no por ello menos atractivo. La película nos sitúa en el año 1982; Bruce Springsteen es ya un cantante reconocido y exitoso, pero le falta todavía el empujón que le sitúe en el olimpo de los mejores músicos. Tras la gira de su último álbum, The River, decide por sorpresa retirarse a una casa aislada en el campo, en su Nueva Jersey natal, donde se recluye para componer y grabar algunas canciones que formarán parte de su esperado nuevo disco.

Scott Cooper dirige este biopic que, entre acorde y acorde, se adentra en el camino interior de Bruce Springsteen para sanar heridas. El reparto de actores es muy sólido, con un Jeremy Allen White que encarna de forma muy convincente a Springsteen, transmitiendo tanto su drama interior como su garra musical y voz portentosa. Junto a White, destacan dos actores a los que da gusto ver en cualquier película en la que aparecen, porque siempre están bien; se trata de Jeremy Strong en el papel de Jon, su Manager y confidente, y de Stephen Graham interpretando al padre de Bruce.

La película desarrolla tres líneas que se van entrelazando a lo largo del metraje. Por un lado, la reclusión de Bruce en una zona rural cerca de su casa de la infancia, que le permitirá llevar una vida tranquila alejada de la gran ciudad, de vuelta a sus raíces y tocando en pequeños locales, pero que le hará recordar momentos dramáticos del pasado que necesita todavía sanar y que le bloquean en el presente. Por otro lado, el proceso creativo del artista, escribiendo letras y componiendo, que se ve directamente influenciado por esas heridas del pasado que supuran en canciones mucho más intimistas y desgarradas. Y, por último, los intereses de la industria musical, que ve a Bruce Springsteen como el gran exponente del rock y que esperan que el nuevo álbum que está componiendo sea su consagración definitiva.

Springsteen: Deliver Me From Nowhere es una película muy actual, tanto por el propio Springsteen como por el tema fundamental de fondo, que es la salud mental. Sin duda, acierta al mostrar la fragilidad del “Boss” haciéndolo mucho más cercano. Se nos muestra al hombre tal cual, fuera de los focos, dominado por el sufrimiento que le imposibilita mantener una relación afectiva sana, que le dificulta digerir el dolor acumulado en su niñez y que le impide crear el tipo de música que la discográfica espera de él. No hay dicotomía posible, el hombre es uno, con lo mejor y lo peor de su vida, y lo que le afecta.

En resumen, Springsteen: Deliver Me From Nowhere es una película quizás menos musical de lo que el espectador podría esperar, pero tremendamente humana. Merece la pena acompañar al “Boss” en su calvario personal.

Ficha técnica

Título Original: Springsteen: Deliver Me From Nowhere
Dirección: Scott Cooper
Guion: Scott Cooper, Warren Zanes
País: Estados Unidos
Año: 2025
Duración: 120 min.
Género: Drama, Musical

Artículo publicado originalmente en www.cinemanet.info

 

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 18 de enero de 2026 No. 1593

 


 

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