Por P. Fernando Pascual

Imaginemos que en un Estado se dieran juntas estas tres características. La primera: un descontento generalizado de la gente ante la situación socioeconómica y ante la ineficiencia de los políticos. Segundo: los partidos políticos prometen continuamente que van a arreglar la situación del país pero sin lograr mejoras reales. Tercero: la gente sigue votando a esos partidos políticos que no cumplen sus promesas ni arreglan temas importantes para el bienestar de todos.

En realidad, no solo podemos imaginar un Estado así, sino que por desgracia constatamos cómo en algunos lugares del mundo se dan esas tres características juntas, lo cual implica un fracaso social y político que genera grandes daños para la gente.

Surge la pregunta: ¿cómo es posible que un gran número de personas critique a los políticos, y luego esas mismas personas vuelvan a votar una y otra vez a esos mismos políticos, durante años y años?

La respuesta no es fácil, y en cada Estado habrá características diferentes. Lo cierto es que una situación así se explica por la falta de buenos políticos, o porque, en el caso de que existan, no pueden entrar eficazmente en el sistema electoral.

También se explica por una cierta pasividad del pueblo. Aunque la mayoría está descontenta por la situación en la que se vive, no es capaz de encontrar caminos concretos para controlar a los políticos, para sacar del poder a los ineficaces y corrompidos, y para encontrar alternativas que permitan la llegada de gobernantes capaces de trabajar, en serio, por la justicia.

Algunos dirán que se puede hacer una revolución, o un golpe de Estado, o algo más serio para cambiar las cosas. Pero la historia muestra cómo hay revoluciones que han causado más daños que beneficios, y cómo muchos revolucionarios, que decían defender al pueblo y buscar la justicia, han pisoteado los derechos fundamentales y, al final, han ignorado y dañado al pueblo al que, supuestamente, defendían.

No es fácil vislumbrar soluciones cuando nos encontramos ante un Estado fallido, como el que existe cuando se dan las tres características antes mencionadas. Podríamos esperar una conversión profunda de los políticos, para que dejasen de lado intereses personales y de partido, y se dedicaran, en serio, a analizar los problemas y a encontrar soluciones eficaces.

Esa conversión parece difícil, pues la corrupción o la ceguera encadena a muchos políticos en modos de actuar que los apartan de la justicia y los encierran en actitudes sectarias, orientadas sobre todo a destruir a los adversarios políticos y a promover a los amigos del propio grupo, sin tener realmente en cuenta lo que necesita la gente.

Pero podemos al menos aspirar a esa conversión, a través de la búsqueda de caminos concretos que permitan que cada día sean más numerosos los hombres y las mujeres que, desde la honradez y el auténtico amor a la gente, puedan entrar en la vida pública para sanearla y para trabajar, con metas concretas y realistas, en la promoción de la justicia y del bien de todos.

Imagen de Fajrul Falah en Pixabay


 

Por favor, síguenos y comparte: