Por Jaime Septién
No hay nada nuevo bajo el sol, podría haber dicho el papa León XIV a los periodistas el 2 de diciembre, de regreso a Roma, tras su viaje a Turquía y al Líbano. Al preguntarle sobre un libro decisivo para su vida espiritual, habló de un humilde lego carmelita francés del siglo XVII: el hermano Lorenzo.
Debo confesar que yo había comprado este librito en inglés hace muchos años: La práctica de la presencia de Dios, unas cuantas páginas que incluyen conversaciones, cartas y máximas espirituales que, dos siglos antes de la Historia de un alma de santa Teresita de Lisieux describen el camino de la humildad y de la confianza, el famoso “caminito espiritual” que nos conduce en elevador hacia Dios.
Apenas había leído unas cuantas máximas y dos o tres párrafos de las cartas. El texto —en una edición popular— permanecía callado, en medio de los cientos de libros que he comprado y no he leído (la lectura es un proyecto). Incluso lo había puesto en un lote que en octubre pasado mandé a los presos hispanos de una cárcel en North Carolina. Lo saqué en el último momento. No porque quisiera conservarlo, sino porque estaba en inglés.
León XIV resumió así la importancia del pensamiento y la práctica espiritual de un monje que pasó su vida en la cocina del convento: “Describe, por así decirlo, un tipo de oración y espiritualidad donde uno simplemente entrega su vida al Señor y permite que Él guíe.” Y agregó: “Si quieren saber algo sobre mí, esa ha sido mi espiritualidad durante muchos años.” Estas dos frases bastaron para vaciar las librerías en Estados Unidos y en muchos otros países del mundo. Solamente subrayar una máxima inolvidable: “La pequeñez de la obra no disminuye en nada el valor de la ofrenda, pues Dios no considera la grandeza de la obra, sino el amor que la impulsa”.
Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 11 de enero de 2026 No. 1592





