Por P. Fernando Pascual

Vemos una ventana. El marco de madera nos evoca una foto de una casa típica en Austria. Austria es un país pequeño. Fue uno de los centros de un gran imperio. Pero ese imperio terminó en la Primera Guerra Mundial. Guerra terrible como pocas otras guerras. Ahora también hay guerras. Las armas han cambiado, pero los muertos siguen siendo miles y miles.

Nos sorprende el modo con el que establecemos conexiones entre ideas y entre imágenes. La ventana vista por la calle ha terminado en una reflexión sobre las guerras, y podríamos seguir en una cadena de ideas que puede llevarnos mucho más lejos.

Al darnos cuenta de que ahora estamos pensando en lo caro que está la fruta, podemos hacer un camino “a la inversa” para ver cómo llevamos a prestar atención a ese tema. Quizá, con asombro, recordaremos que nuestras reflexiones empezaron al ver el color de un vestido en una tienda de ropa.

Las conexiones de ideas pueden tener muchos motivos. Uno, la capacidad de la mente humana de establecer relaciones, algunas simpáticas, otras un poco descabelladas, pero todas ellas a partir de experiencias y recuerdos que llevamos en nuestra memoria y en nuestro corazón

Otro motivo surge del interés que ciertos temas suscitan en nosotros, y que nos han llevado a leer libros, a ver programas, a dialogar sobre un número casi incontable de argumentos, sobre los cuales volvemos la atención aprovechando cualquier ocasión que se nos presente, aunque esa ocasión inicie al observar la forma de una ventana mientras caminamos por la calle.

En ese fluir de ideas y de imágenes, podemos identificar esos temas que nos han interesado a lo largo del tiempo, y que surgen y regresan a nuestra cabeza de maneras sorprendentes.

Esos temas pueden ser intrascendentes o importantes, serios o triviales, aptos para suscitar en nosotros buenos deseos, o capaces de llevarnos hacia emociones e ideas dañinas.

Lo importante, al reconocer el flujo de ideas que empezó mientras vimos una ventana, es identificar qué atrae nuestro corazón, para luego evaluar si tenemos un buen bagaje de ideas o si hemos prestado una atención excesiva a argumentos que no lo merecían.

Si nos damos cuenta de que divagamos entre lo superficial e intranscendente, quizá sea hora de purificar nuestras lecturas e intereses, para dejar aquello que no sirve, y para volcarnos a tantos temas que, de verdad, necesitan ser estudiados a fondo.

Si, por el contrario, nuestras divagaciones reflejan sanos intereses, podemos seguir por el camino de un buen aprovechamiento de nuestro tiempo, y acompañar esos intereses con un deseo sincero de promover el bien en nuestro mundo inquieto, al mismo tiempo que rezamos por aquellas personas que aparezcan, entre nuestras conexiones, como más necesitadas de justicia y de consuelo.

 
Image by Leonhard Niederwimmer from Pixabay


 

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