Por P. Joaquín Antonio Peñalosa

El mundo da vueltas, eso explica lo inexplicable. En los benditos tiempos de nuestros abuelos, si alguien quería saber cómo se llamaba una persona, debía preguntar así: Señorita ¿cuál es su gracia? A lo que ella respondía, por ejemplo: Filogonia Esquivel. No faltaba el observador que comentara sotto voce: Pero si la pobre Filogonia no tiene ninguna gracia.

Después apareció la costumbre de llamar al nombre de una persona como “nombre de pila”; porque se lo imponían en la pila bautismal. Hoy llegan al bautismo, los que llegan, con el nombre impuesto por el Registro Civil a donde los padres de familia acuden a etiquetar a las creaturas. De suerte que hoy deberíamos preguntar: ¿Cuál es su nombre de juzgado? Porque de pila no quedó nada.

Afectuoso, sensitivo, con más razón que razón -más platónico que aristotélico, diría Carlyle-, el mexicano acostumbra a nombrar en diminutivo a personas, animales y cosas; sobre todo a las personas. Salvo las excepciones que confirman la regla, la familia mexicana es una galaxia conformada por una colección de diminutivos; después de los papás don Juanito y doña Lupita, vienen los hijos Poncho, Pepe, Perico y Lucita, a quienes se suman los queridos nietos Chayito, Mechita y el Chachito.

Los diminutivos están sujetos a reglas invariables según deben formarse con terminaciones: ito, illo, ico, uelo. De donde Roberto se empequeñece por razones afectivas en Robert-ito, Robert-illo, Robert-ico, Robert-uelo. Aunque el mexicano guarda una inalterable predilección por los diminutivos terminados en ito: “Siéntese un ratito, compadrito, no más dos palabritas, mientras nos tomamos una cervecita y lueguito nos vamos”. Lenguaje que no es privativo de niños y género femenino, sino también del “macho” mexicano, como que la zoología no rechaza el órgano llamado corazoncito.

Los hipocorísticos son también diminutivos afectuosos y designaciones cariñosas; pero no sujetas a reglamentación gramatical; cada persona o familia los inventa a su gusto y manera. Si el diminutivo de Francisco es Francisquito; el hipocorístico podrá ser Pancho, Paco, Frasco, Curro y para añadir más afecto al afecto y más disminución a la disminución, decimos, Paquito, Panchito, como que el amor tiene más palabras que el diccionario. Al hipocorístico mismo lo hacemos diminutivo.

Es curioso, abundan los hipocorísticos mexicanos que emplean la ch: Chancha, Chona, Chuy, Tencho, Mencho, Poncho, Chayo, Concha, Tacho, Meche y Chucho con un largo etcétera.

Por el Tratado de Libre Vocabulario (TLV), los mexicanos ya no usamos los diminutivos tal como lo prescribe nuestro idioma español, ni los hipocorísticos que acostumbrábamos de antaño; sino que, siguiendo las reglas del idioma inglés, formamos el diminutivo haciendo terminar el nombre en una y griega, que en realidad es una y gringa. La familia mexicana, el salón de clase, el círculo de amigos es una constelación de Mary, Betty, Rosy, Mamy, Papy, Thony, Fredy, Boby y el inefable Johny. Al perder voluntariamente el idioma, perdemos un trozo de patria.

Artículo publicado en El Sol de San Luis, 15 de agosto de 1992, reproducido el 3 de septiembre del mismo año; El Sol de México, 3 de septiembre de 1992. Monseñor Peñalosa, sacerdote y escritor potosino, tiene, entre sus múltiples libros El mexicano y los 7 pecados capitales.

 

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 8 de febrero de 2026 No. 1596

 


 

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