Por Rebeca Reynaud
La Iglesia es consciente de encontrarse en un mundo en el que no se acepta tácitamente la visión cristiana. ¿Qué me dice a mí el cristianismo? En primer plano se ve la necesidad de ser salvado por Jesucristo, el mundo necesita un encuentro con Cristo vivo, esto es el kerigma. El mundo se está secularizado, es decir, está haciendo de lado lo sagrado, por tanto, hay que presentar la fe con significado.
León XIV habla de un cambio cultural profundo que no puede ignorarse. El kerigma no se puede dar por supuesto. Explica que el bienestar no ha traído la felicidad esperada, el progreso no ha colmado el deseo profundo del corazón humano. El libro Introducción al cristianismo, de Joseph Ratzinger, toma en cuenta este contexto.
¿Qué hace que una persona sea creíble? La autenticidad. Debo vivir la autenticidad por una exigencia personal, y para ser creíbles. Hoy se vive cara a lo externo, buscando el poder, se dan conflictos de poder en el trabajo, en la sociedad y en la Iglesia. Hay una gran sensibilidad por la solidaridad y la ecología, y, a la vez hay un fuerte individualismo. Se desea el éxito y a la vez se percibe la propia fragilidad. Nos sentimos llamados a la autenticidad y a la vez vivimos en la exterioridad. Se vive en la esfera emocional. Simultáneamente el ser humano vive en la razón: en el prestigio, en la imagen, en el trabajo. Tanto lo emocional como lo profesional se interpretan desde esa tercera instancia.
El hombre necesita redescubrir la propia interioridad, que no se agota en la mera imagen o trabajo. Se plantea las grandes cuestiones existenciales. Juan Pablo II citaba mucho esta frase: “El misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado” (CV II, GS 22). Cristo le descubre la sublimidad de su vocación. Esta semejanza demuestra que el hombre no puede encontrar su plenitud sino en la entrega sincera a los demás.
Pedro pronuncia un acto de fe extraordinario ante Cristo: “¿A quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna” (Juan 6,68). El ser humano necesita una palabra que venga de fuera que me revele quién soy yo y traiga consigo la vida eterna, el sentido de mi existencia. Necesito que me revelen quién soy yo, mi identidad y éste es Cristo. La Constitución Gaudium et Spes enseña que necesitamos una palabra que ilumine la inteligencia que se abre para creer.
El cristiano -sacerdote, consagrado o laico- debe orar, estudiar y tener argumentos para defender su fe y para catequizar. Le dije a una amiga: “¿Te animas a confesarte? Acaba de sentarse el sacerdote”. Ella contestó: “Es que no sé confesarme, no sé qué le debo decir”.
El estudio y la enseñanza de la Teología debe tener cuatro características:
- Debe ser una enseñanza transformadora porque apelan a la experiencia de uno mismo sobre sí mismo me interpela y me abre horizontes.
- Los contenidos deben de ser esenciales.
- Enseñanza rigurosa.
- Que conduzca a Cristo.
El doctor Luis Romera relata: En Nuremberg, Alemania, había muchos conventos. Una Madre superiora pidió al Obispo un sacerdote bien preparado. Le envió a uno, le hizo un examen y no lo pasa, lo mismo un segundo. El tercero pasó el examen. La Madre Superiora quería un sacerdote bien preparado porque los protestantes habían llegado al pueblo y necesitaba una religiosidad más profunda. Todos los conventos de Nuremberg se hicieron protestantes menos éste.
Vivir en la exterioridad es una característica que siempre ha estado presente, pero con la tecnología se catalizan, aumenta. Detenerse sobre uno mismo y descubrir la interioridad requiere silencio y espacios de silencio, externo e interno. La filosofía y la teología ayudan a superar esas disfunciones.
El cristianismo es profundamente espiritual, no necesita técnicas orientales. El sentido común dice que respirar hondo da serenidad.
La liturgia nos sitúa en el misterio de Cristo, es la acción eminente de la Iglesia porque es una acción de Cristo, que nos acoge y hace que nuestra acción sea la suya y la suya sea nuestra. La liturgia lleva al encuentro con Cristo y con él al encuentro con el Padre.
Siempre cabe entender más, comprender mejor. El misterio de Cristo nos permite penetrar más lo que es el ser humano.
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