Por Mario De Gasperín Gasperín, obispo emérito de Querétaro

Hoy por hoy es la Iglesia católica la que toma en serio la práctica de los derechos humanos en su totalidad e integridad, pues es el hombre su razón de ser y su misión. Ha incorporado por tanto sus derechos, su dignidad, a su doctrina moral y al corazón del Evangelio. El Concilio Vaticano Segundo y los subsiguientes Pontífices les han dado claridad y vigor. Por eso nos alegra saber que el Papa León XIV hay elegido, como tema de sus catequesis de los miércoles, a comentar los temas conciliares más importantes y actualizarlos, muchos de ellos todavía desconocidos por nosotros los católicos.

Prosiguiendo con el tema de los derechos humanos, es necesario distinguir con claridad entre los “movimientos sociales” y las “ideologías”; y también, parecidas a éstas, entre las “utopías” y las “fantasías”.

Los movimientos sociales tienen por prioridad resolver los problemas comunes que afectan a un grupo humano, o a una sociedad para mejorarla. Son de alabar, porque van a la práctica, al hombre concreto en su realidad vital. Por eso son codiciables por las ideologías que, en lugar de mejorarlo, los suelen pervertir. Porque las ideologías son sistemas de pensamiento cerrado, autorreferenciales y excluyentes, sean de derecha o de izquierda. Sus promotores suelen pretender ser ellos los únicos que tienen la solución de los problemas sociales y humanos. Pero ellos ni escuchan ni entienden a los demás. Para una ideología, lo bueno y lo verdadero es lo que a ella le conviene, aunque esté alejado de la realidad. Todo lo diferente o contrario, se considera enemigo a combatir.

De la ideología debe distinguirse la utopía, porque ésta, aunque promueve valores y metas ahora inexistentes, mañana sí pueden llegar a realizarse. Son bienes posibles. Son metas difíciles, pero no imposibles de conseguir, y así generan esperanza. Alientan el progreso, aunque sea remoto. No deben confundirse con las fantasías, que son auténticos autoengaños, que se ubican fuera de la realidad. Las fantasías pertenecen al mundo de lo imposible, mientras que la utopía, aunque ahora sea difícil, goza de posibilidad, genera esperanza y estimula el progreso.

De muchos de estos asuntos trató con competencia y valentía el Concilio Vaticano Segundo; doctrina que después expusieron con mayor amplitud los Papas en su respectivo magisterio. La Iglesia Católica, a pesar del desconcierto que causó en muchos el aggiornamento, salió enormemente fortalecida y dispuesta a dar, sin pretensión ni altanería, pero sí con valentía, un servicio al mundo tan necesitado de respeto y de paz.

Por eso nos alegra saber que el Papa León XIV va a retomar la temática conciliar en sus catequesis de los miércoles, ofreciendo así, a los que no han tenido oportunidad de conocerlas, así como a los católicos timoratos o despistados, las luces de Esperanza y de la alegría que Cristo trajo al mundo.

 

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 1 de febrero de 2026 No. 1595

 


 

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