Por Nelson Medina y Rebeca Reynaud

Una mirada completa al ser humano nos hace ver que somos sentimiento y emoción, pero también inteligencia, sabiduría y discernimiento. Somos capaces de razonar y de ver las consecuencias de nuestras acciones.

Las características de un corazón humano son la alegría, generosidad, caridad, fortaleza, prudencia, justicia, templanza, responsabilidad… ¿A cuántas personas conoces así? ¿Por qué el bien es tan escaso? ¿Qué hay en el corazón humano? ¿Por qué lo absurdo, lo perverso, lo corrupto se instala en el poder?

Los grandes poderes de este mundo, los “faraones de hoy”, a todos nos quieren viciosos porque los viciosos son fáciles de gobernar, y nos convencen que es menos mala la mariguana que el alcohol. Lo que están haciendo los gobiernos de este mundo es hacernos viciosos a todos. Una persona viciosa piensa sólo en la mariguana, o en la pornografía o en el próximo encuentro. Esa persona es muy fácil de gobernar. Nada es más “peligroso” que un joven sobrio, casto, inteligente, fuerte: es difícil de gobernar. No hay nada más fácil de gobernar que las chicas liberadas. La muchacha casta es difícil porque sabe lo que vale su cuerpo y su alma. No se regala ni se vende, es capaz de examinar, de valorar, de escoger; la liberada tiene precio bajo.

Es importante que las muchachas se prostituyan pronto, que se dejen manosear, porque una vez que una chica se vuelva adicta a los placeres de su propio cuerpo va a cerrar la puerta a la fecundidad, y así se convierte en otra consumidora más. Para que esto se cumpla se necesita nuestra complicidad. Y allí entra el ejercicio de la libertad. ¿Usamos la libertad para el bien?

El pecado no es un defecto, una equivocación o una infracción, es una realidad perversa que dispone el alma para la destrucción y para erigirse contra Dios. Satanás tiene un canto blasfemo: “¡No serviré! Yo seré dios para mí mismo”. Ese yo que se carcome a sí mismo porque no acepta a Dios, es la raíz misma del infierno.

Todos somos vulnerables, y las personas que tienen más peligro son las que se sienten menos vulnerables. Allí sube el peligro de la soberbia. Decía San Agustín: Tan dañina es la soberbia que no sólo produce obras malas, sino que acecha las obras buenas para que perezcan.

El pecado no es cometer una transgresión, el pecado es una realidad oscura, potente, insidiosa, una realidad serpenteante, que pretende adueñarse de las raíces de nuestro ser, a veces con temas sexuales, otras veces con temas de desidia, de odio. Los siete pecados capitales son expresiones de como, cuando llega el pecado, lo destruye todo.

Un amigo le explicaba a su colega: “Cuando tengas novia piensa en el bien de ambos. No puedes tocar el cuerpo sin tocar el alma. El hombre es capaz de fingir amor para obtener placer, y la mujer es capaz de seducir para ganar afecto. El hombre busca placer y la mujer busca afecto… Podemos manipular sin darnos cuenta”. El colega le confió que estaba llegando a caricias muy íntimas con su novia. El amigo replicó:

– “¡Deja de ver a tu novia durante un mes! Si no la respetas, la estás destruyendo. Vivir la pureza es una ley de Dios; transgredir ese mandamiento es ir contra nosotros mismos; es un mandato positivo que fortifica el amor. Un error puede arruinar tu vida. La adicción sexual es la más devastadora de todas pues lleva a tener un placer a corto plazo, efímero, y un sufrimiento que puede resultar largo y doloroso. Por tu bien, evita el contacto con las zonas genitales, ni siquiera por encima de la ropa”.

Quien apetece a otra persona sobre todo para saciar su avidez sexual, no establece apenas vínculos personales con ella, sino que la utiliza. Cuanto más se “sexualiza” un noviazgo, más riesgo hay de que derive en una unión de dos egoísmos. En esos casos, el placer sustituye al cariño con más facilidad de lo que parece, y se introducen en una atmósfera hedonista que ensombrece el horizonte del amor y les impregna de frustración y de tristeza.

La felicidad no está en hacer lo que uno quiere, sino en querer lo que uno hace, y hace lo que debe hacer. La posesión no es -como a veces se pretende- una «prueba» del amor, sino casi su partida de defunción.

 
Imagen de Bishnu Sarangi en Pixabay


 

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