Por Rebeca Reynaud

Los deberes y el trabajo son nuestros, los resultados son de Dios.

El acto de fe no es convencerse de una idea, es confiar en que Dios está ahí y puedo ponerme en sus manos. La fe es una semilla de vida dentro de mí. Nos toca cultivar y crecer los dones que han sido activados en ti para dar fruto al 30 (aprender), 60 (servir) y 100 (enseñar) por uno (cf Mt 13, 3-8).

Pedro pronuncia un acto de fe extraordinario ante Cristo: “¿A quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna” (Juan 6,68). El ser humano necesita una palabra que venga de fuera que me revele quién soy yo y traiga consigo la vida eterna, el sentido de mi existencia. Necesito que me revelen quién soy yo, mi identidad y éste es Cristo. La Constitución Gaudium et Spes enseña que necesitamos una palabra que ilumine y la inteligencia que se abre para creer.

San Juan Crisóstomo dice que la fe nos hace conservar la imagen de Dios que se imprime en el Bautismo, porque, aunque esta impresión la haga la Sangre de Cristo para que nunca se borre, es necesario resguardarla en la caja de las buenas obras (Hom 6, 1 In Joan).

Un señor fue a Argelia a trabajar. Llegó el domingo y preguntó “¿dónde hay una iglesia católica?”. Le respondieron: “No hay, bueno, hay un monje o sacerdote en medio del bosque”. Preguntó a sus colegas que si querían ir a misa. Pensó tomar un taxi, pero como vinieron 50 pidieron varios taxis. Llegaron al lugar y preguntaron si podían escuchar una Misa. El sacerdote empezó la Misa, y estaba emocionado en el ofertorio y más en la comunión. Se sentaron a hacer la acción de gracias en la Iglesia y oyeron que el sacerdote sollozaba. Le dieron las gracias y le dieron una limosna de parte de todos los asistentes. Le preguntaron si necesitaba algo. El sacerdote les comentó que ese día era el 50 aniversario de su ordenación, entonces le había dicho al Señor: “No dejes que lo pase solo”. Vio que vinieron 50 personas, una por cada año de su aniversario y estaba conmovido.

La fe no es creer que yo puedo, la fe es creer que Dios puede. Ratzinger nos dijo: “La razón no se salvaría sin la fe, pero la fe sin la razón no sería humana”.

Dios nos diría: Eres único e insustituible en el lugar en que estás, en el momento en que vives, en la situación que he dispuesto para ti. Yo te necesito para esta parcela del mundo, para este momento de la historia. Yo puedo divinizarlo todo si tú me lo permites. Con tu fe te encuentras Conmigo; con tu esperanza te adhieres a mí con tu amor, unido al mío, construimos el mundo (cfr. Ricardo Sada, Oír tu Voz, Minos, México 2013, pp. 88-89).

La fe tiene capacidad para iluminar toda la existencia del hombre; cuando su llama se apaga, todas las otras luces languidecen. No se trata de razonar mucho sino ver las cosas desde las causas altísimas.

San Juan, el apóstol amado, dice: Esta es la victoria que vence al mundo, nuestra fe (1 Jn 5,4). La fe es batalla y es victoria. Si la fe milita, es seguro el triunfo. La fe es la victoria que vence porque aun antes de llegar al combate, ya va cantando el triunfo.

Porque Cristo se encarnó y habitó entre nosotros, ya no somos hijos de ira, sino de adopción, y coherederos de Cristo. Y el enemigo nos podría decir: ¿Qué méritos hay en ti para ganar el Cielo? Y yo le puedo contestar: Creo en Dios que me adoptó por hijo suyo y me hizo unas promesas. Sé que él es fiel a sus promesas y es todopoderoso para cumplirlas, y así, lo que falta en mí, sobra en su piedad y en su misericordia.

Existe un vínculo entre la pureza de corazón, la del cuerpo y la de la fe (CEC 2518). Los fieles creen los artículos del Credo. La fe no la establece la razón, sino la Sagrada Escritura y la Tradición.

La fe es la respuesta amorosa al amor de Dios manifestado en Jesucristo: La prueba más grande de que Dios nos ama es: “Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Ioh 3, 16). La fe va desde creer como niños en lo que Dios nos dice, hasta percibir la bondad de Dios en aquello que nos hace sufrir. Lo que distingue al cristiano es la fe, y, concretamente, la fe en que el Hijo de Dios se ha hecho hombre para salvarnos. La pregunta más importante que Jesús hace: ¿Quién dicen que soy yo?

El Señor le dijo a una mujer que está en proceso de beatificación (Josefa Menéndez): El mundo está lleno de odio y vive en continuas luchas: un pueblo contra otro, unas naciones contra otras, y los individuos entre sí, porque el fundamento sólido de la fe ha desaparecido de la tierra casi por completo. Si la fe se reanima, el mundo recobrará la paz y reinará la caridad… Déjate convencer por la fe y serás grande, déjate dominar por la fe y serás libre. Vive según la fe y no morirás eternamente (18 junio 1923).

Benedicto XVI dijo: «La escuela de la fe no es una marcha triunfal, sino un camino salpicado de sufrimientos y de amor, de pruebas y fidelidad que hay que renovar todos los días».

Cuando la fe se ha perdido también se pierde la verdadera comprensión de los acontecimientos humanos. El camino es tan peligroso que sólo aquellos que toman de la mano de la Virgen caminarán con seguridad. Debemos ser totalmente de Ella y Ella, totalmente nuestra. Nada debe quedar fuera.

La palabra fe viene del hebreo Emuná, y de allí Amen (que significa así lo creo).

Pidamos al Padre celestial que nos dé un deseo intenso de estar con Jesús.

 
Imagen de Meranda D en Pixabay


 

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