Por Miriam Apolinar

Cada año, durante la Semana Santa, Iztapalapa deja de ser únicamente una de las alcaldías más pobladas de la Ciudad de México para transformarse en un gran escenario vivo donde la fe, la memoria histórica y la identidad comunitaria se funden en una de las representaciones religiosas más importantes del mundo. La Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo en Iztapalapa no es solo un acto devocional: es una expresión cultural profunda que, por más de 180 años, ha dado sentido, pertenencia y cohesión a generaciones enteras de habitantes.

El pasado 10 de diciembre, esta tradición fue inscrita por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. El reconocimiento coloca a México, una vez más, en el mapa mundial de las expresiones vivas que reflejan el alma de los pueblos y confirma que la fe, cuando se vive en comunidad, puede convertirse en patrimonio de toda la humanidad.

Un origen marcado por la fe y la gratitud

De acuerdo con el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), la representación tiene su origen en 1843, cuando los habitantes de Iztapalapa —entonces una comunidad rural— cumplieron una promesa hecha al Señor de la Cuevita, una venerada imagen de Cristo. Tras sobrevivir a un devastador brote de cólera que azotó la región, los pobladores ofrecieron representar los pasajes de la Pasión de Cristo durante Semana Santa como acto de agradecimiento.

Desde entonces, la representación no se ha interrumpido, convirtiéndose en un ritual colectivo que atraviesa generaciones.

Inspirada en el teatro evangelizador de la época virreinal, la representación fue creciendo con el paso del tiempo hasta ocupar calles, plazas y cerros, particularmente el Cerro de la Estrella, que se convierte en el Gólgota simbólico donde culmina el Vía Crucis.

Lo que inició como una expresión sencilla de fe popular se transformó en un acontecimiento de dimensiones monumentales, sin perder su raíz comunitaria. Las plazas, calles y cerros de Iztapalapa se convirtieron en escenarios bíblicos, mientras los vecinos asumían roles actorales, logísticos y artesanales, dando forma a una representación que hoy es considerada el Vía Crucis más importante de México.

Los ocho barrios, el corazón de la tradición

La Pasión de Cristo en Iztapalapa es organizada y sostenida por los habitantes de los ocho barrios originarios: San Lucas, San Pedro, San Miguel, San Pablo, San Ignacio, San José, La Asunción y Santa Bárbara. Cada uno de ellos participa activamente en la preparación, selección de personajes, confección de vestuarios, escenografía, logística y organización general.

No se trata de un espectáculo contratado ni de una producción externa. Es la propia comunidad la que asume, año con año, la responsabilidad de dar vida a los pasajes bíblicos. Esta condición fue clave para que la UNESCO reconociera la representación como una tradición viva que promueve la cohesión social, la solidaridad y la transmisión de saberes entre generaciones.

Preparativos que duran todo el año

En entrevista con El Observador de la Actualidad, Luis Alberto Guzmán, secretario del Comité Organizador de Semana Santa en Ixtapalapa A.C. (COSSIAC), explicó que los trabajos comienzan desde noviembre. “Somos un comité organizador comunitario. Desde noviembre lanzamos las convocatorias para la selección de personajes, como Jesús o María. En enero se realizan las primeras elecciones y las pruebas físicas, de salud y de arraigo comunitario”, señaló.

Para la edición número 183, que se realizará en 2026, participan 135 personajes con parlamento, además de decenas de extras. Todos deben ser originarios de alguno de los ocho barrios y cumplir con un perfil que va más allá de lo físico. “Buscamos personas con claridad al expresarse, con criterio, con respeto por las tradiciones y con una conducta acorde a lo que representa cada personaje”, explicó Guzmán.

Este año, el papel de Jesús recae en Ardueco Morales Galicia, de 23 años, originario del barrio de San Lucas, mientras que Erika Yasmin Alvarado Hernández, también de 23 años, interpreta a María. Ambos, como todos los participantes, asumen el papel como un compromiso espiritual, cultural y comunitario.

“Buscamos que sean personas con arraigo, de buenas costumbres, con claridad al expresarse y con un criterio sólido, porque no solo representan un papel, representan a toda la comunidad”, señala Guzmán. Para el papel de María, por ejemplo, en la edición más reciente se postularon alrededor de 30 jóvenes, de las cuales solo una fue seleccionada.

Una tradición que convoca a millones

Aunque los preparativos inician meses antes, los días más visibles de la representación son el Domingo de Ramos, Martes Santo, Jueves y Viernes Santo, así como el Sábado de Resurrección. Durante estos días, Iztapalapa recibe a millones de visitantes.

De acuerdo con cifras compartidas por el COSSIAC, en la edición más reciente se registró una afluencia de más de dos millones de personas, sumando habitantes locales, visitantes de otros estados y turistas extranjeros. El Viernes Santo concentra la mayor cantidad de asistentes, tanto de manera presencial como a través de transmisiones en vivo.

Este crecimiento ha convertido a la Pasión de Iztapalapa en un fenómeno cultural, turístico y mediático, sin que pierda su carácter comunitario. Para muchos asistentes, no se trata solo de observar, sino de participar desde la fe, el agradecimiento o el cumplimiento de una manda.

Más allá de lo religioso

Uno de los aspectos que más valoró la UNESCO es que la representación trasciende lo estrictamente religioso. “Más allá de sus raíces religiosas, este elemento promueve la cohesión comunitaria, fomenta la solidaridad y preserva el patrimonio cultural gracias a su vínculo con las artes y la artesanía tradicional”, señala el dictamen del organismo internacional.

La transmisión intergeneracional de conocimientos —desde la elaboración de vestuarios hasta la organización logística— fortalece el sentido de pertenencia y mantiene vivas prácticas culturales que, de otro modo, podrían desaparecer.

“Desde niños, los habitantes de Iztapalapa se familiarizan con la representación. Los más pequeños observan, ayudan y aprenden, convirtiéndose en el semillero de las futuras generaciones que darán continuidad a esta tradición. La transmisión intergeneracional es uno de los pilares que ha permitido que la Pasión se mantenga viva durante más de 180 años”, expresó Don Luis.

Un largo camino hacia el reconocimiento mundial

El reconocimiento internacional no fue inmediato. Desde 2005, el COSSIAC comenzó a impulsar acciones para salvaguardar la representación. Primero, se buscó el reconocimiento local, que llegó cuando fue declarada Patrimonio Cultural de Iztapalapa. En 2012, obtuvo el nombramiento como Patrimonio Cultural Intangible de la Ciudad de México.

Posteriormente, en 2023, fue incorporada al Inventario del Patrimonio Cultural Inmaterial de México, lo que permitió fortalecer la gestión comunitaria y cumplir con los lineamientos exigidos por la Convención de 2003 para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial.

Finalmente, el Estado mexicano, a través de la Secretaría de Cultura, el INAH, el Gobierno de la Ciudad de México y la Alcaldía Iztapalapa, presentó la candidatura ante la UNESCO, que fue aprobada dos años después.

Voces que celebran el nombramiento

La secretaria de Cultura del Gobierno de México, Claudia Curiel de Icaza, calificó el reconocimiento como “un hecho histórico que honra casi dos siglos de tradición, fe, identidad y organización comunitaria”, y subrayó que se trata de “un ejemplo vivo de cómo el patrimonio inmaterial une, inspira y fortalece a la comunidad”.

Por su parte, la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo destacó el carácter comunitario de la representación. “Es una actividad que tiene muchos años, la desarrolla un comité organizador social y comunitario. Los felicitamos, porque ponen mucho empeño en esta celebración”, expresó durante la conferencia matutina.

La alcaldesa de Iztapalapa, Aleida Alavez, celebró el nombramiento “en nombre del pueblo de Iztapalapa”, reconociendo el esfuerzo de generaciones que han mantenido viva la tradición.

Un impacto social y un mensaje de esperanza

En una alcaldía frecuentemente asociada con problemáticas sociales, la Pasión de Cristo representa un mensaje distinto. “Iztapalapa tiene pueblos originarios con tradiciones muy bonitas. Este reconocimiento nos compromete a seguir dando un mensaje de paz y tranquilidad”, afirmó Guzmán.

Para los habitantes, el nombramiento implica una mayor responsabilidad, pero también una oportunidad para mostrar al mundo el rostro solidario y profundamente humano de su comunidad.

Reflexión final: custodios de una fe viva

La Pasión de Cristo en Iztapalapa no es solo patrimonio por su antigüedad o por la cantidad de asistentes que convoca. Es patrimonio porque sigue viva, porque se construye desde abajo, desde la fe cotidiana de un pueblo que ha encontrado en esta representación una forma de sanar, de agradecer y de reencontrarse.

En tiempos marcados por la fragmentación social y la pérdida de referentes, Iztapalapa recuerda que la fe compartida puede ser un puente de unidad y esperanza. Ser Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad no es un punto de llegada, sino un llamado a custodiar, con mayor conciencia, una tradición que pertenece al mundo, pero que nace, late y se renueva cada año en el corazón de sus barrios.

La representación en números

  • Más de 2 Millones de asistentes anuales.
  • 135 personajes con parlamento.
  • 5 días clave: Domingo de Ramos, Martes, Jueves, Viernes Santo y Sábado de Gloria.
  • Escenario principal: El Cerro de la Estrella (Gólgota simbólico).
  • Edición 183 (Año 2026)

Trayectoria del reconocimiento:

  • 2012: Patrimonio de la CDMX.
  • 2023: Inventario del Patrimonio Cultural Inmaterial de México.
  • Hoy: Patrimonio de la Humanidad (UNESCO).

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 1 de febrero de 2026 No. 1595

 


 

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