Por Jaime Septién
En su pequeño Diario de Oración la escritora estadounidense Flannery O’Connor le pide a Dios que lo que escribe muestre el bien, aunque sea “a través de lo rastrero”. Me fascina la idea. Una de las escritoras más influyentes del siglo XX en Estados Unidos (y, poco a poco, en la literatura mundial) encuentra en la humildad de su arte la presencia divina.
Quien lea los relatos cortos, los ensayos y las dos novelas de O’Connor —una escritora sureña que murió muy joven, de lupus y que criaba pavorreales en la granja paterna— difícilmente encontrará moralejas. Con lo que sí se va a topar es con seres humanos en los abismos, sedientos de misericordia.
Lejos de ella la división del mundo entre buenos y malos. Eso hay que dejarlo a las películas de vaqueros o a los manuales de autoestima. En O’Connor hay carne, sangre y redención. Eso es lo que pedía al Señor:
“Por favor, querido Dios, no permitas que tenga que desechar el relato porque su significado sea equívoco o contenga equívocos. El significado que busco es que lo bueno en el hombre a veces se manifiesta a través de su interés material pero, si sucede, no es a causa de ese interés. Quizá la idea debería ser que lo bueno puede mostrarse a través de lo rastrero. No lo sé. Pero, querido Dios, deseo que seas Tú el que te encargues de que el relato sea sólido porque yo no sé cómo hacerlo, del mismo modo que el relato surgió y yo no sabía cómo escribirlo.”
La cita es larga, pero importantísima. Si un talento como el de Flannery O’Connor le pide a Dios que guíe su relato, ¿por qué nosotros no le pedimos que guíe nuestros pequeños talentos cotidianos para que el mundo sea mejor?
Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 15 de febrero de 2026 No. 1597





