Por P. Fernando Pascual
Recibir amor nos llena de alegría. Alguien nos toma en consideración, se interesa por nosotros, está disponible para ayudar cuando haga falta, nos escucha con interés, comparte sus deseos.
En ocasiones, ser amados nos parece algo inmerecido. No somos personas especialmente interesantes. No hemos realizado grandes proyectos. No tenemos un carácter acogedor.
Por eso, cuando uno es amado sin merecerlo, siente cierta inquietud. ¿No sería correcto que nos amen si lo merecemos? ¿No tendríamos que recibir amor solo cuando lo hayamos “comprado” con buenas acciones?
El amor, nos dice la Biblia, no puede comprarse. Si alguien intentase comprar el amor, se haría despreciable (cf. Cant 8,7). Porque el amor es gratuito, libre, desinteresado, sin condiciones ni precios.
Muchos seres humanos piensan que no merecen ser amados. Al considerar la trayectoria de sus vidas, constatan que allí no hay nada interesante, nada que pueda suscitar el cariño de otros.
Sin embargo, el que “no merece” ser amado necesita amor. Todos, en el fondo, lo necesitamos. Porque resulta muy duro y triste caminar en la vida sin encontrar la belleza de recibir y de dar amor.
El que siempre nos ama, sin que lo merezcamos, es Dios. Su Amor vence nuestros pecados. Su Amor casi “olvida” nuestros defectos. Su Amor es incondicional, porque es un Amor de Padre.
Si no nos amara, no nos habría creado (cf. Sab 11,23-12,1). Si no nos amara, no habría enviado a Cristo para redimirnos. Si no nos amara, no nos atraería continuamente con lazos de ternura (cf. Os 11,4).
Hoy puedo dejarme amar por Dios. Mi corazón experimentará una dicha que nada ni nadie podrá quitarme. Ni siquiera un momento de tristeza, al constatar mi indignidad, me podrá apartar de ese amor eterno, infinito, incondicional.
Hoy quiero, con una dicha incontenible, ser consciente de que soy amado sin merecerlo. Por eso, también puedo amar a Dios, que tanto me ama, y a aquellos hombres y mujeres que mendigan un poco de amor mientras caminan a mi lado.





