Por P. Fernando Pascual

Todo pasó en un instante. Primero, el resbalón. Luego, la caída por la pendiente entre las rocas. Un primer golpe, un salto de varios metros, y un segundo golpe más abajo. Luego, silencio.

Los que presenciaron la escena estaban horrorizados. Creían que todo había terminado para esa persona. Sin embargo, el excursionista pudo gritar, en medio del susto y los dolores, que estaba bien.

Impresiona ver a alguien que cae así, por la montaña. Sabemos que muchos no lo contarán. Otros quedarán con huesos rotos o daños en diversas partes del cuerpo.

Quien sobrevive, puede darse cuenta de que estuvo a punto de pasar a la otra vida, que su existencia terrena pudo haber terminado en esa caída terrible.

Sobrevivir a una caída se convierte, entonces, en un momento para reconocer lo frágil que es nuestra existencia, lo vulnerables que somos a tantos peligros a los que muchas veces no prestamos casi atención.

¿Qué hacer ahora con el tiempo “suplementario” que inicia tras una experiencia como la anterior? ¿Cómo invertir mente, corazón y manos en algo que valga realmente la pena en esta “segunda oportunidad”?

Después de curar rasguños, de tirar ropa destrozada, de serenarse y superar el estrés de los golpes, la vida empieza a ser vista de una manera nueva, casi como un regalo inesperado.

Alguno contará la escena. Otro guardará silencio ante el peligro de quien estuvo a punto de morir. El que sobrevive puede mirar al cielo y dar gracias a Dios por lo que ahora tiene entre sus manos.

Quizá reconozca que tiene que perdonar o pedir perdón, que alguien espera un favor que todavía no le ha ofrecido, que el tiempo se le escapaba en pasatiempos inútiles o en avaricias que no le llevaban a ninguna parte.

Ya pasó el peligro. Ahora inicia una nueva etapa de la vida. Aumentará seguramente la atención a la hora de caminar entre rocas o al bajar una escalera. Sobre todo, surgirá en el alma un deseo sincero por aprovechar el tiempo en lo único que vale la pena: amar y servir a quienes viven a nuestro lado.

 
Imagen de Sakina Asad en Pixabay


 

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