Por Rubicela Muñiz
En febrero de 1526, una pequeña misión de frailes partió de Sanlúcar de Barrameda con un destino incierto y una fe inquebrantable: la Nueva España. Casi medio milenio después, los ecos de sus pasos aún resuenan en los muros de Santo Domingo y en las montañas de la Mixteca. Al cumplirse 500 años de aquel desembarco, la Provincia de Santiago de México se prepara para un jubileo que trasciende la simple efeméride. No se trata solo de desempolvar archivos, sino de honrar cinco siglos de una labor que moldeó la identidad espiritual, cultural y social de la nación, bajo la premisa de que recordar el origen es la única forma de proyectar el porvenir.
Hoy, a las puertas del quingentésimo aniversario de su llegada, conversamos con Fr. Alejandro Martínez Pérez, superior del Convento de Santo Domingo en Querétaro y presidente del Instituto Dominicano de Investigaciones Históricas (IDIH), una voz autorizada para desgranar cinco siglos de historia, custodia documental y misión.
—Fr. Alejandro, usted porta el hábito de una orden con 500 años de historia en México. De estos, ¿cuántos le corresponden?
—Creo que ya son 30 y tantos años de ser dominico. Entré en agosto de 1993 y como sacerdote voy a cumplir 22 años; es decir, más de la mitad de mi vida como fraile. Realizamos la formación en varias partes y yo tuve la fortuna de concluir mis estudios en Ottawa, Canadá. Como sacerdote he trabajado en San Cristóbal de las Casas y fui prior en el Convento de Santo Domingo de Puebla. También trabajé en Guadalajara con jóvenes y fui prior en León, Guanajuato, durante ocho años. Desde hace cuatro años radico en Querétaro y, justamente en diciembre, me pidieron el servicio de ser superior de esta comunidad, conformada por cuatro frailes.
Ese ha sido mi caminar. Es un trayecto largo que, dentro de estos 500 años, ha sido mi aporte a la predicación.
—Este año jubilar es una invitación a releer la historia. ¿Cómo vive un fraile del siglo XXI esa herencia que comenzó con los primeros 12 misioneros en 1526?
—Es asombrarnos del origen de nuestra historia en México: nuestra llegada el 23 de junio de 1526. Ahora que leo los textos —y los releo a través de los jóvenes historiadores— imagino a los 12 frailes llegando de España con las adversidades de aquel tiempo. Fueron recibidos en San Juan de Ulúa, Veracruz, por Hernán Cortés; los indígenas hicieron una fiesta y ellos descubrieron un nuevo mundo: una nueva forma de vivir, nuevos atuendos y un ecosistema distinto. Imaginarlo de cerca es algo parecido a lo que recordaba en mi historia personal durante mi primera asignación en San Cristóbal de las Casas, Chiapas. Cuando llegué y vi a los indígenas y a la comunidad coleta, recordé que en esas tierras estuvo Bartolomé de las Casas, un fraile dominico que luchó por sus derechos.
Vivo orgulloso de ser dominico día tras día; orgulloso de mi origen y de mis hermanos, que dejaron un testimonio que, desgraciadamente, se ha perdido en gran parte. Sin embargo, en lo poco que se conserva se ve la grandeza de hombres que vivieron la predicación, el estudio, la vida en común y la oración en estas tierras.
—¿Cuál cree que ha sido la aportación más distintiva de la Orden en la construcción de la identidad mexicana, especialmente en su relación con los pueblos originarios?
—La aportación principal es la fe: mostrarles un Dios cercano y darles esperanza a través de la predicación. En nuestro caso, destaca la defensa de los indígenas por parte de dominicos como Bartolomé de las Casas. Al llegar a Chiapas comenzó esta lucha por el reconocimiento de los pueblos originarios como hijos de Dios, como hombres con alma y riqueza cultural. Hemos aportado el llevar la fe a estos pueblos que, hasta la fecha, la asumen y la viven con fervor hacia un Dios que lo es todo para ellos y al que encuentran en la naturaleza y en sus ritos.
También está el aporte de la cultura española y la riqueza en escritos y libros que reconocen y estudian estas hermosas culturas mexicanas; una riqueza a nivel medicinal, gastronómico, curativo y ritual. Creo que ese es el gran aporte: dar a los indígenas una fe y una esperanza en un Dios que nunca los abandona.
—Como presidente del IDIH, custodia un archivo que sobrevivió incluso a la desintegración de las provincias en el siglo XIX. ¿Qué tesoros ocultan esos 16,511 volúmenes para quien busca entender el México virreinal?
—Aquí tenemos, creo, solo un 10 por ciento de ese tesoro. He estado en otros conventos, como los de Puebla, Ciudad de México u Oaxaca, y allí se encuentran libros escritos por dominicos sobre plantas, animales y catecismos con los cuales impartían la doctrina.
Aquí contamos con 16 mil volúmenes, pero es apenas una fracción de los antiguos. Muchos se han perdido y otros están en casas o bibliotecas de arquidiócesis debido a diversos convenios. Poseemos documentos de 40 bulas del periodo virreinal y, en convenio con la Diócesis de Querétaro, compartimos la bula del tercer obispo de aquí, que tiene el sello de León XIII, entre otros.
También conservamos documentos de las cofradías del Rosario, de los seglares dominicos, y textos como el diario de sor Jacinta, donde relata sus vivencias e incluye música. Actualmente, estamos realizando un convenio con la Universidad Autónoma de Querétaro para un proyecto que busca rescatar partituras antiguas sobre textos fúnebres de una monja. No es mucho comparado con todo lo que se conserva en las diferentes arquidiócesis a lo largo de los años.
—Para la época que vivimos, ¿sería importante para la Orden someter todo este material a un proceso de digitalización?
—Sí, pero los archivos y bibliotecas no suelen tener fondos propios; no son instituciones que produzcan dinero. Por eso, en el Instituto realizamos diversas actividades. Es un proyecto a largo plazo porque ahora estamos en la fase de clasificación y coordinando las actividades de los 500 años; también debemos buscar recursos. Afortunadamente, hay personas interesadas en la conservación. Por ejemplo, un bienhechor de Costa Rica, interesado en la historia de las monjas, aportó para restaurar el diario que mencionaba. Aquí también tenemos un taller de restauración que ofrecemos a otras bibliotecas. La digitalización es un sueño que esperamos empezar a lograr en un futuro no tan lejano.
—De todos los documentos que ha podido ver o leer, ¿cuál le ha resultado especialmente conmovedor o revelador?
—Me gustan mucho las crónicas de la Provincia de Santiago de México. Uno de los textos que más me impactó fue el de 1642, cuando se separa la Provincia de Oaxaca. Éramos cuatro provincias (Oaxaca, Puebla, México y Chiapas) y, al separarse Oaxaca, el texto ofrece una lista de todos los conventos. En un capítulo menciona que solo en el convento de la Ciudad de México había 100 frailes. Me conmueve mucho esa grandeza, porque hoy no tenemos esa cantidad de frailes en toda la provincia de México.
—¿Qué hacer para que las nuevas generaciones se acerquen y se interesen por la labor misional de hace 500 años?
—Buscamos becarios a través de convenios con la Universidad de Querétaro o mediante el programa Jóvenes Construyendo el Futuro. Nos han llegado jóvenes muy valiosos que aportan sus conocimientos en redes sociales y archivos. Estamos tratando de acercarnos a ellos a través de plataformas digitales; hemos puesto mucho empeño en mostrar el trabajo de un historiador y de un restaurador, así como la labor diaria del Instituto. Lo hacemos mostrando la riqueza y el orgullo que sentimos, y también mediante el testimonio, conferencias y cursos.
—¿Hacia dónde se proyecta la Orden para los próximos años?
—Hacia seguir la obra que nuestros hermanos nos dejaron. Seguir predicando en las universidades, en los templos, en la misión y, sobre todo, buscando a través de las redes una predicación que atraiga a los jóvenes actuales. Queremos mostrarles lo importantes que hemos sido todos los religiosos en la cultura de México. No se puede entender nuestra historia ni nuestra cultura sin esta parte fundamental de lo que somos. Somos luz de la Iglesia y queremos seguir siéndolo en los tiempos actuales.
—Si pudiera resumir en una palabra estos 500 años de presencia dominica en México, ¿cuál sería y por qué?
—Siempre utilizo la palabra amor, porque para mí engloba todo lo demás: amor a Dios, amor a los hombres y amor a uno mismo. El amor es esa donación necesaria para realizar cualquier obra. En todos los ámbitos, si pones amor, seguramente seguirás construyendo y creciendo. De ahí surge la esperanza y la gratitud a Dios por permitirnos seguir vivos después de 500 años.
—Finalmente, ¿cómo pueden nuestros lectores ser parte de estos festejos?
—Los invitamos a compartir con nosotros la alegría de ser predicadores y ese caminar juntos. Vengan a ver que hay formas de vida en las cuales se puede encontrar la felicidad. Apóyennos y apoyémonos juntos. Los invitamos a conocernos porque todavía vivimos. Me han tocado comunidades donde creen que los dominicos ya no existen… pero todavía estamos aquí, luchando por la verdad.
Casas y conventos
- Santo Domingo, San Cristóbal de las Casas.
- Divino Redentor, Roma Sur (CDMX).
- Santa Rosa de Lima, Condesa (CDMX).
- Santo Domingo, Querétaro.
- Santo Tomás de Aquino, Coapa (CDMX).
- Nuestra Señora de Fátima, León, Gto.
- San Alberto Magno, Copilco (CDMX).
- La Candelaria, Tacubaya (CDMX).
- Nuestra Señora del Rosario, Aguascalientes.
- San Francisco, Chihuahua.
- San Jacinto, Ocosingo, Chiapas.
- San Lorenzo, Zinacantán, San Cristóbal de las Casas.
- San Luis Beltrán, Amecameca, Edo. de Mex.
- San Pablo de los Frailes, Puebla.
- Santo Domingo, Guadalajara.
- Santo Domingo, Centro Histórico (CDMX).
- Santo Domingo, Oaxaca.
- Santo Domingo, Puebla.
- Jordán de Sajonia, San Fco. del Rincón, Gto.
- Santo Domingo, Tultenango, Edo. de Mex.
Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 22 de febrero de 2026 No. 1598





