Por P. Fernando Pascual
Los peregrinos suben hacia el lugar de las apariciones. Rezan, o dialogan en voz baja, o simplemente guardan silencio. La subida parece breve, aunque las piedras hacen difícil el camino.
En la cumbre del Prodbrdo, todos se detienen ante la imagen de la Virgen, Reina de la Paz. Algunos se arrodillan. Hay quien ha llegado con los pies descalzos. Un silencio intenso permite que el lugar sea visto como una altura sagrada, como un espacio abierto a Dios.
Llega la hora del regreso. Unos han realizado una experiencia íntima de conversión. Otros han buscado una oración más intensa. Quizá alguno piensa que no ha ocurrido nada extraordinario, que los milagros ya no se repiten en esta colina.
Un peregrino se detiene para contemplar un petirrojo que gira entre las ramas y las piedras. Con su cuerpo pequeño y sus movimientos, entre inquietos y serenos, va de un lado hacia otro, y conserva una prudente distancia respecto de quienes descienden silenciosamente.
Para ese peregrino, el petirrojo parece una señal del cielo. ¿No cuida Dios de los lirios del campo, de las aves del cielo? En la montaña de las apariciones de Medjugorje, ese petirrojo recuerda el cariño eterno de Dios por sus creaturas más pequeñas.
La peregrinación termina. Ha estado llena de momentos de intensidad y de fervor. Los recuerdos quedan dentro del corazón, o parten en breves mensajes dirigidos a familiares y amigos.
Un petirrojo sigue en sus tareas. La Virgen María, que tanta ternura muestra por sus hijos más necesitados, también se acerca a creaturas humildes, que ofrecen un mensaje divino a quienes las miran de modo diferente.
Dios está vivo en cada creatura. En el hermano sol y la hermana luna, según recordamos con una bella oración de san Francisco de Asís. Como también palpita en los corazones de un peregrino y de un petirrojo que se han encontrado, durante unos segundos, en un lugar que tanto nos habla de la presencia de Dios Padre y de la ternura de la Madre de Jesús y Madre nuestra.





