Por P. Prisciliano Hernández Chávez, CORC.
El olvido de Dios, -el alejamiento de su Palabra luminosa y de salvación, el rechazo de la Iglesia, hábitat propio de su recta interpretación y vivencia, la ignorancia y aceptación de una ética objetiva que valore la dignidad ontológica de toda persona humana trascendente como imagen de Dios hasta llegar al exceso del ‘thierismo’ (de ther, therós, fiera en griego), pretendiendo así ser imagen de animales; la educación pública ideologizada y facciosa, las posturas totalitarias en los gobierno, la defensa impune de los criminales exentos de aplicarles la justicia vindicativa y, un largo etcétera.
Pero como dice san Pablo, ‘nuestra lucha no es contra la carne ni contra la sangre, sino contra principados y potestades’ (Ef 6,12), refiriéndose al maligno, causa originante del mal en el mundo, del pecado, de la ruptura con Dios, del daño a los demás hermanos e introducir en uno mismo la justificación tolerante del ambiente bajo el signo y el sello del mal.
Jesús es tentado en el desierto por Satanás, el adversario paradigmático de Dios, de la Verdad, del Bien y de la Belleza. En el triunfo de Cristo está nuestra propia victoria (Mt 4,1-11).
Baudelaire, sin pizca de santo, afirmaba que ‘la mayor astucia del demonio es hacer creer que él no existe’, aunque el análisis del mal en el mundo nos lleva necesariamente a aceptar
su existencia, su presencia y su acción perversa, más allá de los casos raros de posesión diabólica y en las más frecuentes supersticiones, por el olvido de la fe auténtica y verdadera en Jesús y de su Iglesia.
Hemos de ser solidarios con los que no tienen pan, pero sin olvidar que ‘no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que procede de Dios’. Este tiempo, como nos enseña el Papa León XIV, es tiempo de escuchar la Palabra de Dios, a nivel individual y comunitario, particularmente en la liturgia de la Iglesia que nos ayudará a escuchar también el clamor de los pobres que sufren y a evitar las palabras hirientes y descalificadoras.
En la segunda tentación diabólica, nos puede llevar a organizar las creencias como seguridad divina como pretender que Dios actuará en situaciones temerarias. No se ha de tentar al Señor, porque ‘hemos de confiar en Dios como si todo dependiera de él y actuar como si todo dependiera de nosotros’. La oración de súplica es necesaria, realizada con sinceridad y con humildad, atentos a la voluntad de Dios; aunque nuestros sufrimientos asociados a Cristo, nuestra configuración con él y, por tanto, concedernos más de lo que pedimos, aunque al momento no lo comprendamos. La oración confiada, siempre es eficaz, al modo divino cundo somos pacientes y humildes.
Ante el poder y la gloria que ofrece el demonio, Jesús, el Siervo doliente, el Siervo de Yahveh, le dice lo que nunca ha aceptado, – por su postura inamovible de ‘non sérviam’, no serviré: ‘Adorarás al Señor tu Dios, y a él solo servirás’.
En esta Cuaresma es tiempo de gracia y de conversión al Señor, con la escucha efectiva de la Palabra de Dios, -de Jesús mismo, el practicar la caridad y las obras de misericordia, y la ascética austeridad ante el consumismo superfluo.
La oración del Padre Nuestro, la podemos cumplir si vamos subiendo como en una escalera de perfección, de abajo para arriba: ‘libranos del mal, no nos dejes caer en tentación, danos el pan de cada día, hágase tu voluntad…’
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