Por Martha Morales
Juan José Priego narra esta historia: Un hombre se quejaba y gemía ante un amigo:
– No he sido bueno, no soy trigo limpio. Tengo pecados que no sé si Dios quiera perdonarme.
El amigo le hizo una pregunta:
– Si tu túnica se rasgara, ¿la desecharías?
– ¡No! Esta es la única túnica que tengo. Si se rasgara la remendaría y volvería a usarla.
– Si tú cuidas así tus vestidos, que no son más que paño, ¿crees que Dios no va a tener misericordia de uno que ha sido creado a su imagen y semejanza?
El primero sonrió lleno de gozo. Ahora sabía cuál era el valor de la vida humana, y reemprendió su camino. Estas son historias bellas y profundamente humanas y nos muestran una realidad: El ser humano puede estar sucio, puede tener el corazón roto, puede haber pecado obstinadamente, pero no por eso a los ojos de Dios vale menos. Dios espera nuestro arrepentimiento como el padre que tenía un hijo pródigo para darnos un abrazo muy grande y lleno de amor.
Hay mujeres que pueden sentir que valen menos porque ya le dieron la flor al novio. Se puede luchar por una segunda virginidad, una virginidad renovada: “De aquí en adelante ya no tendré relaciones sexuales hasta que me case”: Es un buen modo de empezar, y añadir a eso el pudor en el vestir, la modestia.
Alfredo Cruz dice que la mujer puede elegir entre resultar encantadora o provocadora, es decir, optar por ser la dama que puede ser o por ser la hembra que también puede ser.
La sexualidad es algo especialmente íntimo. En tanto el amor y la sexualidad están unidos, lo sexual es profundamente íntimo y objeto de ese pudor especial. Parece una afirmación inocente, pero no lo es tanto, pues contiene muchos implícitos resumibles en esta idea intuitiva: el varón y la mujer se relacionan sexualmente entre sí de modo amoroso y donal, y no apareándose.
Así pues, el pudor es la regla que preside la manifestación propia o impropia de la interioridad. Es una virtud. El impúdico suele ser un sinvergüenza, pues no conoce el límite entre lo decente y lo indecente, entre lo que es oportuno y conveniente mostrar y lo que no. Para entendernos: lo indecente es intolerable, e incluso ofensivo.
La pérdida del sentido de la decencia, la incapacidad de percibir el límite de lo vergonzoso como algo que protege los valores comunes de nuestra sociedad, y que por eso debe ser a su vez protegido, no puede responder más que a una debilitación de la interioridad, a una pérdida del valor de lo íntimo, y por tanto, a un aumento de lo superficial, de lo exterior. Estrictamente esto significa pobreza, y por tanto aburrimiento. Quien no siente necesidad de ser pudoroso carece de intimidad, y así vive en la superficie y para la superficie, esperando a los demás en la epidermis, sin posibilidad de descender hacia sí mismo. Los frívolos no necesitan del pudor porque no tienen nada que reservarse. Por eso son tan chismosos; hablan mucho, pero no dicen nada. Viven hacia fuera. Están desnudos.
La regla que enseña a ocultar y desocultar lo íntimo embellece a la persona, porque la hace dueña de sí, la muestra a los demás reservada para ella misma, orientada hacia su «dentro», y por tanto digna. El pudor manifestado en las actitudes, vestimenta y palabras permite vislumbrar lo que aún queda oculto y silenciado: la persona misma. El pudoroso no se ofrece todo entero, sino que invita a un después donde acontece un desvelamiento, donde puede darse un diálogo de miradas y palabras que abra una intimidad compartida. En tanto somos personas con interioridad el pudor regula necesariamente nuestras relaciones.
Aristóteles decía: “No hay nada que nos sea siempre agradable, porque nuestra naturaleza no es simple” (Ética a Nicómaco).
Cuando las palabras se agotan para manifestar el amor, sale espontáneamente el beso, pero éste se reserva –o se debe reservar- para una persona en exclusiva. Algunos adolescentes salen a besarse sin siquiera conocer al chico, entonces dejan una pésima impresión en el hombre, que querrá más, pero sin valorar lo que se le da.
Imagen de Omar Medina en Pixabay





