Por P. Fernando Pascual
Sor Emmanuel Maillard cuenta una historia que muestra la gravedad del pecado de la calumnia.
En 1927, en Eslovaquia, un niño de 6 años llamado Pavol observa horrorizado cómo se están quemando varias casas de su poblado, entre ellas la suya. Sabía lo que era la pobreza, incluso el hambre, y ahora llegaba a su familia ese terrible incendio.
El incendio comenzó por culpa de unos niños que jugaban con el fuego. El padre de uno de esos niños, para evitarse la vergüenza y las críticas de la gente, afirmó que el causante de esa desgracia era… ¡Pavol!
Inició así un drama terrible para ese pobre niño y su familia. Por más que el muchacho declaraba su inocencia, la gente no le creía y tuvo que sufrir el desprecio general.
Pavol decía a su madre: “Aunque la gente crea que soy yo el que ha hecho esto y esté enfadada conmigo, sé que Jesús no está enfadado, porque Él sabe que yo no fui… ¿no, mamá?”
Pasan 7 años de dolor. El calumniador se enferma y, al ver que se acerca la muerte, pide hablar con un sacerdote. Se confiesa, y comenta que él inventó la acusación contra un niño inocente. El sacerdote le pide que se retracte públicamente, para reparar el daño causado a aquel niño y a su familia.
El señor accede, y delante de los aldeanos confiesa su calumnia y su cobardía. Para la gente es un duro golpe: durante 7 años han acusado y despreciado a un inocente…
La hermana Maillard añade que Pavol, con el pasar de los años, se hizo sacerdote jesuita y luego fue nombrado obispo. Falleció en 2006.
La misma hermana, al contar esta historia, añade una invitación a no divulgar calumnias o dicherías contra nadie, por el daño que esto provoca en las personas.
“Tenemos aquí un ejemplo entre cien mil de lo fácil que hubiera sido detener el mal en su inicio, desde el primer día. Una calumnia siempre puede suceder, pero ¿por qué encuentra con gran frecuencia tantos propagadores como personas que la escuchan?”
La historia de aquel niño y su familia vale también para nuestros días. Para que no sufran inocentes, y para evitar el daño de quienes se sienten señalados por otros, vale la pena no divulgar dicherías, y esforzarnos por defender siempre la buena fama de las personas.
(La historia aquí resumida se encuentra en el siguiente libro: Emmanuel Maillard, Medjugorje, el triunfo del corazón, Asociación Hijos de Medjugorje, 2010).
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