Por P. Fernando Pascual

La tecnología y el mundo casi infinito de Internet abren ante nosotros un sinfín de posibilidades. ¿Leer noticias? ¿Comentar algo en el chat de los amigos? ¿Revisar las ofertas de una página de ventas? ¿Hacer un crucigrama online? ¿Jugar ajedrez con la computadora?

Ante nuestra mente aparecen otras opciones quizá menos atractivas, pero que se tiñen de un matiz que nos invita a la responsabilidad: las obligaciones. Pueden ser cotidianas, como limpiar el polvo de la mesa; o puntuales y de cierta importancia, como arreglar una tubería de la cocina.

Existe el peligro de escoger actividades fáciles y que provocan satisfacciones inmediatas, y de posponer, o incluso dejar a un lado, las obligaciones que siguen allí, con su llamada a tomar en serio nuestras responsabilidades.

Por eso resulta importante, en las diferentes decisiones que tomamos continuamente, empezar con las obligaciones. Tal vez no ofrezcan grandes satisfacciones, pero siempre da paz saber que estamos usando el tiempo en aquello que más lo merece.

Más tarde, cuando terminemos una a una las diferentes obligaciones, tendremos tiempo para otras actividades que más nos gustan. Pero incluso al escoger entre el juego de ajedrez o las noticias, vale la pena establecer una escala de prioridades.

Al descubrir esa escala seremos capaces de escoger acciones que sirvan para nuestra vida espiritual, para mejorar relaciones con familiares y amigos, para enriquecer nuestra cultura, para mantenernos en forma, y para abrirnos a tantas necesidades de quienes están cerca o lejos.

Si empezamos con nuestras obligaciones, y si escogemos actividades “opcionales” buenas y generosas, descubriremos con sorpresa que nuestro día empieza a rendir como pocas veces hemos experimentado, y sentiremos esa sana satisfacción de quien “hace sus deberes” y, sobre todo, dedica lo mejor de su tiempo para amar a Dios y para servir al prójimo.

 
Imagen de Standsome en Pixabay


 

Por favor, síguenos y comparte: