Por P. Joaquín Antonio Peñalosa
Conocí, estos días, una nueva fábrica olorosa todavía al estreno. Amplitud, comodidad, colorido, buen gusto —el buen gusto no cuesta absolutamente nada—, unos ventanales para mirar una alameda y un espejo de agua, clima artificial, cafetería, canchas de juego, todo lo que el obrero necesita para hacer menos ingratas sus ocho horas diarias de trabajo anónimo frente a una máquina solitaria y rezongona.
Qué lejos van quedando aquellos galerones sucios, improvisados y ahumados de la era preindustrial, cuando el obrero no tenía horario ni salario fijo, sino sólo el imperio soberano del patrón. Sin embargo, todavía quedan por ahí algunas fábricas no solo repelentes a la vista y al olfato, por la fealdad y la inseguridad, sino además al espíritu; porque un rincón incómodo puede ser bello si ahí se vive con calor de hogar.
Yo he visto fábricas donde hay pocos jefes que hablan mucho y muchos obreros que no hablan nada. Fábricas donde hay mucha prisa y mucho ruido, pero ni un diálogo ni una sonrisa. Entre poleas, cables y motores, no encaja una sonrisa, la pobre no pertenece al reino de la materia ciega, ruidosa y apresurada.
Hay fábricas con polvo de rutina, porque un obrero está volcado siempre sobre la misma “cosa”, la misma pieza pequeña, pero suelta, separada de la totalidad, que podría ser un aparato doméstico, un televisor, una bicicleta. Y como además esa “cosa” no va a ser del obrero, como que no ha salido de su imaginación o de su necesidad, sino que es hija exclusiva de la máquina, sucede que le importa poco o nada. La rutina puede llenar de polvo el alma del obrero por repetir mil veces a la semana la misma operación, contagiado de la monotonía de la máquina, si no es que convertido un poco en apéndice de la máquina.
Hay fábricas frías hasta la congelación, deshumanizadas, por falta de esa calefacción central que es la amistad. Entre jefes y obreros suele existir a veces desconfianza. Es más fácil que surja la amistad entre los mismos jefes y entre los mismos obreros. ¿Pero entre jefes y obreros? Hay sus muros, sus barreras que por desgracia se ven tan natural, tan obviamente, quizá incluso por necesidad. Y así la fábrica no será jamás el segundo hogar que debe ser, si ahí no priva la espontaneidad cordial, sino las diplomacias, las políticas y las zancadillas.
El individuo ha sido desplazado por el equipo, la fantasía sustituida por la herramienta y la persona postergada al producto fabricado, cuando la mano de Miguel Ángel vale más que la mano de La Pietá.
Si la fábrica carece de relaciones humanas y de un aire cálido de fraternidad, con sabor a hogar, el obrero saldrá al terminar el turno, rumbo al horizonte de perros y tierra suelta de su barrio, con una cara de frustración que no es la más apropiada para afrontar los conflictos de la casa y de la familia.
Artículo publicado en El Sol de México, 6 de junio de 1991; El Sol de San Luis, 15 de junio de 1991.
Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 15 de marzo de 2026 No. 1601






