Por P. Prisciliano Hernández Chávez, CORC.

El Domingo de Ramos de la Pasión del Señor, es el pórtico de entrada a la celebración del misterio pascual de Cristo, nuestro Señor, es decir, su pasión, su muerte y su resurrección.

Las ideas centrales de los textos de este Domingo de Ramos y de la pasión del Señor (A), según san Mateo (21, 1-11 y 26, 14-27, 66) las encontramos admirablemente en el Catecismo de la Iglesia Católica publicado por mandato de san Juan Pablo II: ‘¿Cómo va a acoger Jerusalén a su Mesías? Jesús rehuyó siempre las tentativas populares de hacerle rey (cf Jn 6, 15) pero elige el momento y prepara los detalles de su entrada mesiánica en la ciudad de “David, su padre” (Lc 1, 32; cf Mat 1, 1-11). Es aclamado como hijo de David, el que trae la salvación (“Hosana” quiere decir “¡sálvanos!”, “¡Danos la salvación!”). Pues bien, el “Rey de la Gloria” ( Sal 24, 7-10) entra en su ciudad “montado en un asno” (Za 9,9): no conquista a la hija de Sion, figura de su Iglesia, ni por la astucia ni por la violencia, sino por la humildad que da testimonio de la Verdad (cf Jn 18, 37). Por eso los súbditos de su Reino, aquel día fueron los niños (cf Mt 212, 15-16; Sal 8, 3) y los “pobres de Dios”, que le aclamaban como los ángeles lo anunciaron a los pastores (cf Lc 19, 38; 2, 14). Su aclamación, “Bendito el que viene en el nombre del Señor” (Sal 118, 26), ha sido recogida por la Iglesia en el “Sanctus” (Santo) de la liturgia eucarística para introducir al memorial de la Pascua del Señor’ ( 559).

Propiamente en la liturgia de la Palabra de este día se privilegia el Evangelio de la Pasión según san Mateo.

Recorre paso a paso el texto del Evangelio como introducirnos en el Viacrucis del Señor. Podemos centrarnos en tres momentos: la oración dolorosa en Getsemaní, ‘Padre si es posible pase de mi este cáliz’; gran tristeza y angustia, pues carga sobre sí el pecado del mundo. Pascal dijo, ‘Cristo está en agonía en el huerto de los olivos hasta el fin del mundo. Es necesario no dejarlo solo en todo este tiempo’. Getsemaní está presente en el corazón de tantas familias víctimas del crimen organizado hoy en muchos lugares.

El segundo momento en el pretorio ante Pilato, ante el procurador romano. Juicio inicuo sobre un inocente; cinismo de quien declara la inocencia y la castiga con la flagelación, la crucifixión, aunado al ritual superficial de quien no asume su responsabilidad, lavándose las manos. Hoy la impunidad de jueces y gobernantes venales que no aplican la justicia vindicativa a los criminales por ser miembros de una secta ideológica en defensa de una cleptocracia. Pervive la impunidad en ofensa de los inocentes.

El tercer momento, la crucifixión, con todo su dramatismo realísimo. La Cruz, los clavos, el lamento del abandono del Padre y el fuerte grito al exhalar el espíritu, la lanzada del costado.

Jesús estará crucificado hasta el fin del mundo, en nuestros hermanos inocentes que sufren.

El grito espantoso de Jesús, ante el silencio del Padre, asume el dolor de los que experimentan el aparente abandono del Padre por ese silencio que desgarra el alma.

Si Cristo Jesús sufre en el la Cruz, también el Padre sufre; Cristo, Dios y hombre, sufre en su carne mortal, el Padre en su corazón de Padre.

Este Dios crucificado por nosotros y con nosotros es nuestra única esperanza. De esta manera contemplamos la extrema humildad de Dios que revela de manera patente en el Crucificado, su infinito amor y que el mismo Dios es Amor. Solo podemos contemplar con el corazón en la perspectiva de la fe, este amor divino que ama hasta el extremo de sufrir la humillación cruel, por nosotros y por nuestra salvación.

 
Imagen de József Kincse en Pixabay


 

Por favor, síguenos y comparte: