Por P. Fernando Pascual

Leemos que el hombre medieval pensaba que la tierra era plana. Luego leemos que los medievales ya pensaban que la tierra era esférica. Otro libro nos dice que en el siglo XIX alguien inventó el mito de que los medievales creían en la tierra plana.

Nuestra vida está llena de un sinfín de opiniones que vienen de lo que leemos o escuchamos. Esas opiniones surgen porque aceptamos como verdadero eso que aparece en un libro o en una página de Internet.

Muchas de esas opiniones pueden ser verdaderas, mientras que otras son falsas. No siempre tenemos tiempo ni medios para distinguir unas de otras, hasta que llega un momento en el que aparece una nueva opinión (leída en un libro reciente) que nos cuestiona todo lo que hasta ahora habíamos aceptado como verdadero.

Reconocer que las opiniones no siempre son verdaderas aumenta nuestro espíritu crítico y nos invita a buscar más a fondo, especialmente cuando nos confrontamos con aquellos argumentos que más nos interesan.

Esa búsqueda parecería más fácil gracias al uso de páginas o programas de inteligencia artificial que nos ofrecen un cuadro bastante completo de lo que se ha dicho sobre ciertos temas. Pero no podemos olvidar que esas páginas dependen, como nosotros, de lo que “leen” y encuentran en libros y artículos que circulan en el gran océano de Internet.

Por eso resulta posible que una página de inteligencia artificial nos ofrezca como verdad lo que es erróneo, incluso nos engañe con textos que no ha sabido interpretar de modo correcto (según los algoritmos que usa normalmente).

Como no siempre tenemos tiempo para controlar todo lo que leemos u oímos, será posible que llevemos en nuestra mente opiniones que no sean verdaderas. Reconocer este peligro será de ayuda para no fiarnos de todo lo que aparezca ante nuestros ojos, y para promover un sano espíritu crítico respecto de tantas opiniones que hemos recibido de otros a lo largo del camino de nuestra vida.

 
Imagen de StockSnap en Pixabay


 

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