Por Mario De Gasperín Gasperín, obispo emérito de Querétaro

1°. Yo ya tengo mi psiquiatra.

2°. Yo no puedo “amar a Dios sobre todas las cosas”.

3°. Yo no puedo prometer “no volver a pecar”.

Recojo aquí algunas ideas y frases, que en algo nos pueden ayudar a aclarar estas dudas comunes sobre la Confesión, tomadas de una conversación que tuvo el Papa Francisco con Andrea Tornielli, editada en Planeta con el título: “El nombre de Dios es misericordia”, en 2016. La doctrina completa está en el Catecismo de la Iglesia Católica, números 1422-1484.

A lo primero: No confundir las cosas. La Confesión es un sacramento, es decir un encuentro con Dios, no con un profesionista de psicología. El acto de “contrición” o de “arrepentimiento” no es un proceso de autoanálisis, ni de sentimiento psíquico de culpa, sino un encuentro personal que brota de nuestro corazón mezquino y traicionero ante el amor de Dios, gratuito e infinito. Es confrontar nuestra conciencia con nuestro Dios “infinitamente bueno”. Se trata de una confrontación sincera ante Otra persona, por mí ofendida. Es una relación personal y familiar, de reconciliación con Dios, nuestro Padre del cielo, no sobre una deficiencia mental o psicológica, aunque algunas veces puede ayudar.

A lo segundo: El Dios, ante quien nos miramos cara a cara, es el Dios cristiano, “infinitamente bueno”. Infinito quiere decir que no tiene, ni puede tener, límite alguno. En este caso, su bondad, su amor no tiene fin. Es nuestro Creador, quien todo lo ha hecho y hace por amor. Por tanto, lo que te pide, no es que lo iguales en el amor, sino que busques amar todas las cosas (que dices amar), como él las amó. Como nos enseñó a amarlas Jesús. Es decir, poner en el centro de tu amor al amor de Dios, mostrado en Cristo Jesús. Lo que necesitamos es conocer y adorar al Dios verdadero -la biblia dice que “Dios es Amor”-, y a su enviado Jesucristo.

A lo tercero: Nadie nos puede exigir un juramento de “impecabilidad”. Lo que pide Dios, y también la Iglesia, es un propósito sincero de enmienda, no una promesa de no pecar. Una promesa es un compromiso, a veces hasta con juramento, de cumplir lo prometido. Un propósito es un buen deseo de nuestra voluntad, que suele ser débil. Por eso se acompaña con la petición de ayuda. Y se requiere siempre “sinceridad”, pues sin ella ya no sería buena la voluntad. Es asunto más familiar que jurídico, porque tiene en cuenta nuestros límites y debilidades. Por eso decimos “propongo con tu gracia”, es decir, con la ayuda divina, “no volver a pecar”. El santo párroco de Ars, repetía: “Dios nos perdona, aunque sabe que volveremos a pecar”, y el Papa Francisco nos recordaba que “Dios nunca se cansa de perdonar”.

La Misericordia: Todo lo dicho, debe enmarcarse en el cuadro de la divina misericordia. ¿Qué es la misericordia? Dice el Papa Francisco: “Misericordia quiere decir abrir el corazón al pobre”. Tratándose de Dios, “es la actitud divina que abraza al pecador, es la entrega de Dios que acoge, que se ofrece a perdonar”. Dios perdona siempre “porque es Dios, y no un hombre”, dice el profeta Oseas (11,9). El nombre de Dios es Misericordia. En el corazón de

Dios se unen la justicia y la misericordia, y Dios hace justicia perdonando. Esto sólo lo podremos comprender experimentándolo. Por eso, la confesión da paz, gozo y alegría. Nadie sale igual después de haberse confesado. Sin la misericordia el mundo no existiría, y tampoco nosotros viviríamos. Todo esto sucede porque Jesús murió por nuestros pecados y resucitó para llevarnos a Dios.

Monseñor Mario De Gasperín es obispo emérito de Querétaro y uno de los fundadores de El Observador.

 

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 8 de marzo de 2026 No. 1600


 

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