Ayer por la tarde la oración en Getsemaní, guiada por el patriarca de Jerusalén de los latinos Pizzaballa. “Momento muy complicado, queremos construir la paz”, subrayó al inicio. “La guerra ha interrumpido nuestro camino festivo, haciendo difícil incluso la simple alegría de seguir a nuestro Rey”. Y añadió: “Jesús llora una vez más sobre Jerusalén y sobre esta Tierra Santa”.
Por Roberto Paglialonga – Vatican News
El cardenal Pierbattista Pizzaballa, patriarca de Jerusalén de los latinos, ha guiado desde Getsemaní, a los pies del Monte de los Olivos, la oración especial por la paz, en la solemnidad del Domingo de Ramos. La súplica se llevó a cabo a pocas horas del bloqueo impuesto por las autoridades israelíes al mismo Pizzaballa y al padre Francesco Ielpo, custodio de Tierra Santa, de acceder al Santo Sepulcro para la celebración de la Misa.
“Estamos viviendo una situación muy complicada”, “nos hemos reunido porque queremos construir la paz, la fraternidad”, subrayó el patriarca al inicio de la celebración, que se desarrolló sin peregrinos.
Sin procesión, sin palmas
Hoy —observó— “en esta tarde de Domingo de Ramos, estamos aquí sin la procesión, sin las palmas que ondean por las calles”. Y “no es una falta formal, sino que se debe a la guerra, que ha suspendido nuestro camino festivo, haciendo difícil incluso la simple alegría de seguir a nuestro Rey. Nuestros hermanos y hermanas de Tierra Santa hoy no pueden llenar las calles ni unir su voz al cortejo festivo”, dijo. Sin embargo, “su ausencia no está vacía ante el Señor”, porque “Él no busca calles triunfales, entra allí donde la puerta está entreabierta, donde la fidelidad es pan cotidiano”.
El Resucitado en medio de nosotros, incluso cuando el camino está bloqueado
“El Crucificado Resucitado no deja de pasar en medio de nosotros. Incluso cuando el camino está bloqueado —subrayó hablando desde un altar de la Basílica de Getsemaní asomada a las murallas de la Ciudad Santa, y rodeado por numerosos concelebrantes— Él habita el corazón de quien no ha dejado de seguirlo. Pero precisamente en este silencio forzado, esta liturgia se hace más verdadera. Porque el grito ‘Hosanna’ no necesita ramas para subir al cielo, y la fe no se dobla cuando le faltan los ritos exteriores”.
Pero “hoy Jesús vuelve a llorar sobre Jerusalén”, dijo también. “Llora sobre esta ciudad que permanece signo de esperanza y de dolor, de gracia y de sufrimiento. Llora sobre esta Tierra Santa que todavía no sabe reconocer el don de la paz”. Y además: “Llora sobre todas las víctimas de una guerra que no da señales de terminar, sobre las familias divididas, sobre las esperanzas rotas. Pero las lágrimas de Jesús nunca son estériles: nos abren los ojos, nos interpelan, nos revelan la verdad”.
Testigos de un amor que no se rinde
Por ello, prosiguió Pizzaballa, “en esta tierra que sigue esperando la paz, estamos llamados a ser testigos de un amor que no se rinde. Que nuestro camino de fe, también hoy, pueda ser un camino de esperanza. Y que nuestra vida, aun en la dureza del presente, sepa llevar el amor de Cristo y su luz allí donde todo parece oscuridad”.
El verdadero poder no está en la violencia
Comentando la Pasión, el patriarca se detuvo luego en la traición de Judas, en la negación de Pedro, en el silencio de Pilato, en los gritos de la multitud que invocaba la cruz y la muerte de Jesús, pero también en la figura del centurión: él “descubre que el verdadero poder no reside en la violencia o en la espada que mata, sino en una vida entregada libremente”. Y así, en aquel momento dramático, “hace la más alta confesión: este hombre es el Hijo de Dios. Precisamente en el momento en que la muerte parece triunfar, la verdad se revela, el amor se manifiesta y la salvación se cumple”.
La paz es el fruto de la cruz: Dios se dona completamente
También “hoy, mientras la guerra parece sofocar toda palabra de paz, aquí —donde Jesús lloró— podemos oír resonar esa misma confesión. La última palabra de Dios es la tumba vacía. Es el Señor que precede a los discípulos en Galilea y que nos precede también a nosotros, guiándonos hacia una paz que no es una ilusión, sino el fruto de la cruz”, dijo el purpurado. Por lo tanto “la paz que Jesús ofrece no es un frágil acuerdo entre enemigos, sino una paz nacida de la cruz, una paz que viene de un Dios que se dona completamente y no tiene necesidad de fuerza ni de armas. Esta es la paradoja que estamos llamados a acoger hoy”. Porque “Jerusalén, la Tierra Santa, no es solo un lugar geográfico; es el corazón palpitante de nuestra fe. Cada piedra aquí habla de salvación; cada colina lleva el recuerdo del Dios que ha elegido acercarse”, añadió. Por eso, “vivir la fe en esta tierra significa aceptar la contradicción que ella encarna: el lugar de la resurrección es también el lugar del Calvario; el lugar del abrazo de Dios está todavía marcado por demasiado odio”.
Llevar la cruz y convertirse en constructores de reconciliación
Y sin embargo, precisamente desde este lugar santo “aprendemos a mirar la ciudad con los ojos de Cristo. Aprendemos a llorar con él, pero también a esperar con él. Porque la misma Jerusalén que rechazó al Príncipe de la Paz también ha visto la tumba vacía. La guerra no borrará la resurrección. El dolor no apagará la esperanza”, concluyó el patriarca. Hoy, sin palmas, “llevamos en cambio la cruz —no una carga inútil, sino la fuente de la verdadera paz. No ondeamos ramas de olivo; elegimos en cambio convertirnos en constructores de reconciliación, a través de cada gesto, cada palabra, cada relación”.





