Por Arturo Zárate Ruiz

Entre mis amigos protestantes es usual celebrar sólo el Domingo de Pascua. Enemigos, afirman, de las “mentiras católicas”, como las penitencias, todas las imágenes, sobre todo la del mismo Cristo en la Cruz, festejan la Pascua con huevitos muy coloridos, sí, de coneja que adoran con todo su corazón (su gusto es muy azucarado). Los huevitos los esconden y luego buscan y recogen en algún jardín. En cualquier caso, como Cristo ya resucitó, agregan, no hay razón para recordar su Pasión y su Cruz, menos aún la institución, el Jueves Santo, de la Eucaristía. Ellos reducen ésta, si es que todavía la recuerdan, a un evento de menor importancia pues niegan la Transubstanciación (cuando mucho la consideran una manera de hacer memoria meramente simbólica de una cena que Cristo tuvo con algunos de sus seguidores, no en particular los apóstoles, pues también niegan la institución del sacerdocio para dicha consagración del pan y del vino).

Ello me sugiere que los protestantes se concentran en la meta, la Resurrección y la Vida Eterna, y no está mal: nosotros no la olvidamos. Temo, sin embargo, que si pierden de vista el Camino, el cual los católicos conservamos presente particularmente el Jueves, el Viernes y el Sábado Santos, para no hablar de toda la Cuaresma, o aun del Año Litúrgico.

Cristo, quien es el Camino, sufrió la pasión y la muerte. Si lo seguimos, nos corresponde no renunciar a esos pasos que lo condujeron a su posterior triunfo.

En cierto modo, los caminamos al acudir al confesionario. Muere el antiguo yo al reconocer y arrepentirnos de nuestros pecados. “Resucitamos” con la absolución sacramental, el cumplimiento de la penitencia asignada y, de ser necesario, la reparación del daño. Ahora, en Semana Santa, es tiempo especial de confesiones.

También los catecúmenos viven de lleno la Pasión, Muerte y Resurrección al recibir el sacramento del bautismo en el Sábado Santo durante la Vigilia Pascual, lo cual, por lo regular, implica previa confesión y ya, en ese Sábado Santo, la primera comunión.

En México es común en muchas parroquias el Vía Crucis viviente (que se practicó ya cada viernes durante la Cuaresma, dentro del templo). Previamente, el jueves, también en el templo, se conmemora el lavado de los pies de los apóstoles. De nuevo el viernes, ya en la noche, se acude a la Procesión del Silencio. Y previa a la vigilia pascual, el Sábado Santo se adora el Santísimo que ha sido retirado del Sagrario, para anunciar la inminente tumba vacía.

Para muchos mexicanos, por la suspensión de clases durante dos semanas en las escuelas públicas y por el descanso en algunas oficinas gubernamentales, es éste también tiempo de vacaciones. Entonces se llenan las playas y otros sitios turísticos con quienes aprovechan la ocasión para divertirse. No quiero ser aguafiestas y decir que no lo hagan, ni quiero ser tampoco suspicaz y pensar en que el gobierno mexicano, frecuentemente anticatólico, escoge la ocasión para alejarnos de la Iglesia. En cualquier caso, sí recomiendo a los paseantes que se den tiempo para ir a algún templo a celebrar la Pascua. Después de todo, cae en domingo, que obliga la misa. Es más, de permanecer en México, éste es un país católico y sobran los templos aun en los más remotos lugares. Alguna vez fui a Cancún a principios de los 70’s, cuando todavía no era complejo turístico. Aun así, pude asistir a misa. No faltaba allí una capilla. Otra ocasión, fuera de México, tuve la facilidad de hacerlo en el País Vasco, porque es también católico, aunque no entendí nada pues hablaron el idioma local, mucho más difícil que el que se escucha en Italia, cuya lengua es pariente del castellano. En cualquier caso, valía la misa. Era una en comunión con Roma.

De quedarnos en casa, no hay el menor pretexto para no ir a misa. A menos que permanezcamos enfermos en cama, acudamos con mayor frecuencia a misa, si no por otra razón (la cual, si pésima, no deja de ser razón) para no aburrirnos con programas tontos de televisión.

Añadamos a esta preparación nuestra para la Pascua, los mencionados Vía Crucis, el Rosario, las visitas al Santísimo y, entre otras actividades, las obras corporales y espirituales de misericordia.

 
Imagen de Gini George en Pixabay

 

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