Por P. Fernando Pascual
La rutina cuenta con mala fama. Cada día tenemos que repetir ciertas actividades, algunas molestas, otras indiferentes, y pocas (ojalá fueran muchas) capaces de alegrarnos el día.
Existe el peligro de ver lo rutinario como algo pesado que tenemos que hacer porque no hay más remedio, mientras esperamos ansiosamente terminar lo repetitivo para lanzarnos a actividades más gratificantes.
Sin embargo, existe otro modo de ver la rutina: asumir eso que repetimos cada día con serenidad, con paz, con gusto, incluso con detalles de cariño.
De ese modo, como afirma Catherine L’Ecuyer en uno de sus libros, podemos “humanizar la rutina” y rescatar así una enorme cantidad de nuestro tiempo para vivirlo con un sentido pleno.
No podremos afrontarlo todo de la misma manera. Limpiar cada día los platos no parece una actividad entusiasmante. Pero uno puede tomar cada plato con gratitud, con atención, incluso con gozo, para dar un sentido casi novedoso a algo que sirve para nuestra salud y para el buen gusto de todos en casa. Así, la rutina empieza a ser diferente.
La autora antes citada invita a vivir la rutina de modo ritual, con una idea que se recoge de la novela El principito de Saint-Exupéry: “La asociación de la repetición de un acto o de un evento con la presencia de un ser querido es lo que humaniza la rutina y la convierte en un rito” (Catherine L’Ecuyer, Educar en el asombro, Plataforma Editorial, Barcelona 2024, p. 128).
Seguramente no toda rutina pueda humanizarse hasta llevarnos a la alegría. Pocos encuentran gusto en rellenar formularios oficiales donde repetimos una y otra vez las mismas informaciones. Pero quizá hasta en un gesto tan sencillo podemos poner un toque de cariño: tenemos manos para escribir, un domicilio donde dormir, y un teléfono (copiado tantas veces) al que llegan mensajes de seres queridos que llenan de alegría mis jornadas más rutinarias y, por ello, quizá más emocionantes…
Imagen de Andreas Breitling en Pixabay





