Por P. Fernando Pascual

El mundo es mucho más grande que mis pensamientos, mis miedos, mis esperanzas, mis acciones, mis éxitos, mis fracasos.

A veces puedo ahogarme en esa angustia, en esa crítica que he recibido, en ese descontento por lo ocurrido, en un horizonte oscuro ante mis ojos.

La realidad, sin embargo, no se agota ni en ese error, ni en ese trabajo, ni en ese rato de diversión, ni en esa discusión que no lleva a ninguna parte.

La realidad incluye un mundo complejo, donde conviven gorriones y olmos, donde trabajan mecánicos y hortelanos, donde existen familias felices y familias llenas de problemas.

Necesito abrirme a la realidad, que incluye a tantos hombres y mujeres que caminan a mi lado, a veces sin que llegue a percibir sus dificultades y sus riquezas interiores.

No existo para encerrarme en una idea obsesiva. No vivo para rellenar formularios o para ensamblar piezas de una computadora. No camino para perderme en calles vacías o repletas de personas que parecen anónimas.

Existo en una realidad que es inmensa, que incluye constelaciones y granos de arena, que permite promesas de amor sincero y egoísmos que destruyen corazones.

En esa realidad está presente, muy por encima de todo lo que veo, un Dios que es Padre, que es Amigo, que es Salvador, que me mira con un amor que jamás podré encontrar entre las numerosas realidades terrenas.

Hoy quiero abrirme a la realidad, que incluye la grandeza y la miseria, la santidad y el pecado, y tantas posibilidades en las que puedo avanzar hacia la derrota del egoísmo o hacia la victoria del amor sincero.

Quiero tener ojos y corazón que me permitan ver más allá y más cerca, fuera y dentro, esa bondad que Dios puso en cada una de sus creaturas y, sobre todo, en esas personas que ahora encuentro a lo largo del camino de la vida.

Image by Reuven Hayoon from Pixabay


 

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