Por P. Fernando Pascual
Sabemos que una cosa es lo que piensan los demás sobre nosotros, y otra cosa lo que pensamos que piensan los demás... Pero el punto es que nos afecta mucho lo que piensan los demás (sea o no sea verdad).
¿Por qué nos afecta? Porque el juicio de los otros tiene un valor importante para nuestras vidas. Sobre todo, cuando se trata del juicio de personas que consideramos relevantes.
Pensemos, por ejemplo, en lo que piensan de mí en casa: padres, hermanos, abuelos, otros parientes, ¿cómo me ven? ¿Me aprecian, me observan con indiferencia, me juzgan con poco cariño, me rechazan por mis acciones y defectos?
Lo que piensan en casa tiene un valor muy importante en la vida de cada ser humano. Muchos psicólogos han señalado cómo un juicio negativo de los padres hacia un hijo puede condicionar buena parte de su vida, incluso puede provocar daños psicológicos de importancia.
Pensemos también en lo que piensan los amigos. Algunos nos quieren de verdad. Otros nos juzgan por comportamientos más o menos concretos. Quizá entre esos “amigos” haya quienes nos critican, por la espalda o cara a cara.
Además, emiten juicios sobre nosotros compañeros de trabajo y personas con las que habitualmente tratamos por diversos motivos (el vendedor habitual del mercado, el vecino de la escalera). Lo que digan y piensen tiene un valor más o menos relevante para nosotros.
Sería triste que lo que piensen los demás nos encadene, o nos hiera, o nos llene de vanidad (también hay quienes nos alaban, o incluso nos adulan). Nuestra vida siempre será más grande de lo que digan o piensen otros, incluso cuando sus críticas o sus alabanzas sean más o menos objetivas.
Por eso, ante lo que piensan los demás (o ante lo que suponemos que piensan los demás), necesitamos libertad de espíritu, que no coincide con indiferencia: los juicios de otros tienen su valor, pero nunca llegarán a lo más íntimo de nuestros corazones.
El único que de verdad nos conoce a fondo es Dios. Lo que piense sobre nosotros resulta central para nuestras vidas, y por eso necesitamos preguntarle, humildemente, sobre su manera de vernos y de juzgarnos.
En cierto sentido, la Biblia nos habla de juicios de gran valor: Dios crea porque ama, nos lleva en su corazón, nos busca como Padre, nos ofrece su misericordia, desea que nos convirtamos y que vivamos.
Este día encontraré ante mí diversos juicios de otros. Los acogeré con una medida justa, a veces con un poco de sentido del humor (hay juicios que merecen solo una sonrisa pasajera). Sobre todo, me preocuparé por lo que piensa Dios, para dejar que denuncie aquello que me lleva al pecado y para que promueva el bien y el amor que Él mismo ha sembrado dentro de mí…
Imagen de Gerd Altmann en Pixabay

