Por P. Fernando Pascual
La rabia era incontenible. Había que responder y dar una buena lección. Los dedos se mueven veloces. Al final, la tecla de “envía”, y el mensaje sale.
El golpe será duro. El otro tendrá que aprender. Pero nuestro corazón queda algo inquieto: ¿no habré exagerado? ¿Era el momento? ¿Escogí bien las palabras? ¿No habré empeorado las cosas?
No podemos olvidar que cada mensaje llega a los ojos, la mente y el corazón de alguien que, como nosotros, sufre, ríe, teme, reacciona. Incluso el hecho de recibir un mensaje lleno de rabia es visto muchas veces como una prueba de falta de amor, incluso de desprecio.
Por eso necesitamos, antes de enviar un mensaje, evaluar bien lo que buscamos, los posibles resultados, las palabras escogidas, la respuesta que luego podrá llegarnos de la otra parte.
Perder los estribos y escribir con rabia casi siempre provoca daños, algunos que duran por meses y por años. Imaginemos qué podría sentir una mujer que recibe un WhatsApp donde la nuera le deseara la muerte…
El mundo está lleno de palabras ofensivas, algunas llenas de malicia, otras simplemente desde momentos de rabia que podríamos haber neutralizado con un poco de paciencia y de sentido común.
Para vencer el veneno de palabras que giran y giran hasta provocar heridas y rencores muy difíciles de curar, vale la pena morderse la lengua, apretar las manos, y esperar un poco antes de enviar un mensaje escrito sin prudencia.
Sobre todo, vale la pena hablar un momento con Dios, para que nuestras palabras sirvan para promover un poco de paz y armonía entre todos, especialmente en un mundo de prisas donde cualquier gesto de cariño sincero tiene efectos curativos en tantos corazones hambrientos de esperanza.
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