RECORDAR PARA NO REPETIR: A 100 AÑOS DE LA CRISTIADA
Por Víctor Cabrera Urbina
El 19 de julio de 1929 las armas se entregaron, pero la historia no terminó ese día. El armisticio puso fin al enfrentamiento formal entre el Gobierno Federal y la jerarquía eclesiástica; sin embargo, en los pueblos, la reconciliación fue lenta. Persistieron resentimientos locales, desconfianzas y una vigilancia política sobre las regiones identificadas como focos del levantamiento.
Colón, articulador del movimiento en la franja que une a Querétaro con el noreste de Guanajuato, vivió durante las décadas posteriores una etapa de cautela institucional, limitaciones presupuestales y un desarrollo más lento que otros centros urbanos del estado. No hubo un castigo explícito en papel, pero sí consecuencias visibles en el crecimiento regional.
La religiosidad no desapareció; se volvió prudente. La fe permaneció, pero aprendió a expresarse con discreción. Colón seguía siendo tierra de fe, pero también era tierra observada. En años posteriores, incluso corrientes como el sinarquismo asomaron en algunos sectores del Bajío, reforzando la percepción externa de una región con identidad religiosa profundamente arraigada.
El rescate de la voz y la memoria oral
Con el paso de los años, los protagonistas del levantamiento comenzaron a faltar. Lo que permanecía era la tradición oral. En ese contexto, don Marciano de León Granados, “Don Chano”, emprendió la tarea de recopilar testimonios de excombatientes, familiares, mujeres que sostuvieron la logística y sacerdotes que vivieron aquellos años. Su labor permitió que la memoria no se extinguiera.
En 2007, el maestro Ramón del Llano Ibáñez, desde la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Autónoma de Querétaro (UAQ), retomó esa recopilación y la llevó al ámbito académico, dando estructura documental a aquello que había sobrevivido en la palabra de los mayores.
En el corazón de esta recuperación de memoria también es justo reconocer la influencia del cronista emérito de Colón, José de Jesús Solís de la Torre. Sus libros sobre el municipio y sobre la misión de Santo Domingo de Soriano fueron, para muchos, una puerta de entrada a una mirada más rigurosa: una forma de entender que la historia local no se sostiene solo en la emoción, sino en la lectura, el archivo, el dato y la interpretación responsable.
Institucionalización y rigor historiográfico
Un año después, al cumplirse ochenta años del levantamiento, se produjo un momento decisivo en la memoria pública del municipio. La iniciativa surgió de conversaciones sostenidas en la UAQ entre el maestro Alfonso Bárcenas Moreno y un servidor, quienes reflexionamos sobre la dimensión histórica de lo ocurrido en Colón y la necesidad de abordarlo con rigor historiográfico.
De esas pláticas nació la decisión de organizar la conmemoración del 80 aniversario. Para dar identidad y estructura al proyecto, se acordó constituir de manera informal un esquema de trabajo denominado Centro de Estudios Historiográficos de Colón. No fue una institución formalmente registrada, sino una plataforma organizativa que permitió emitir invitaciones, realizar gestiones ante el municipio y convocar tanto a cronistas regionales como a la población en general bajo una identidad académica clara.
El 15 de enero de 2008 se realizó una gira por el noreste de Guanajuato para extender invitaciones personales a representantes historiográficos de la región, reconociendo que el movimiento había sido territorial. En esa ruta participaron activamente José Tello, de Xichú; el maestro Guadalupe, del municipio de Victoria; Marcos Valencia Espino, cronista de Doctor Mora; y Francisco García Reséndiz, cronista de Tolimán. Su presencia dio dimensión regional al aniversario.
El 4 de febrero de 2008 se realizó, además, un recorrido simbólico que reconstruyó el trayecto histórico del levantamiento: desde el rancho El Derramadero, pasando por la Basílica de los Dolores de Soriano, avanzando por la calle principal hasta la presidencia municipal y la parroquia de San Francisco, donde se desarrollaron los actos académicos y religiosos.
Soriano: epicentro de fe e identidad compartida
La conmemoración contó con el acompañamiento entusiasta de Verónica Álvarez y con la participación académica de la maestra Oliva Solís, cuya intervención fortaleció el carácter analítico del evento. Fue un ejercicio de memoria con estructura, gestión territorial y vocación historiográfica.
La devoción a la Virgen de los Dolores de Soriano continuó consolidándose como eje espiritual diocesano. En la década de 1960, siendo presidente municipal José Guadalupe Cabrera Vázquez, se tomó la decisión de derrumbar la parte sur de una manzana contigua al santuario para abrir una plazuela que permitiera mayor congregación. La medida generó resistencia social en su momento, pero más de 60 años después ese espacio se ha convertido en un punto neurálgico para la vida religiosa regional.
Aquella acción de gobierno, cuestionada en su tiempo, terminó siendo determinante para la consolidación de Soriano como corazón espiritual de la diócesis y como punto de convergencia de peregrinaciones provenientes tanto del estado de Querétaro como del noreste de Guanajuato.
El movimiento cristero en Colón no puede reducirse a un episodio armado. Es parte de una continuidad histórica que inicia en la etapa misional, atraviesa siglos de sincretismo religioso, vive el conflicto del siglo XX y llega hasta el presente como identidad compartida. El Pinal del Zamorano guarda la memoria de la resistencia; Soriano custodia la raíz espiritual. La diócesis mantiene el vínculo territorial entre comunidades que comparten historia y fe.
Las armas se entregaron en 1929. La memoria quedó. Y bajo el cielo fiel de Querétaro, esa memoria no divide: explica.
El autor es especialista en Ciencias Políticas y miembro de la Unión Iberoamericana de Municipalistas con sede en España.
Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 29 de marzo de 2026 No. 1603

