Por P. Joaquín Antonio Peñalosa
De pronto saltó a los labios y a la letra impresa, la enigmática frase “cultura de la muerte”. Porque decir cultura es decir siembra y cosecha, vida y plenitud. Y la muerte es el reverso de la cultura, su negación y destrucción. Pero hay frases equívocas que corren con suerte y, una vez acuñadas, todo mundo las usa.
Las corrientes del mundo actual, como los ríos que también corren, van a desembocar al mismo mar. Política, economía, ecología, ciencia, técnica, todo va orientado a hacer más feliz y agradable el paso del hombre sobre la Tierra. Los programas oficiales como los esfuerzos particulares se dirigen a promover el valor del hombre y a satisfacer sus necesidades. En todos los tonos se habla y se busca la salud, la comodidad, el bienestar. Parecería que el gran objetivo de la época actual fuera la vida del hombre, la vida feliz de la humanidad.
Pero, por una de esas paradojas ininteligibles, este mundo que por un lado promueve al hombre y desarrolla el confort, por el otro promueve y justifica la muerte, la cultura de la muerte, que debería llamarse la incultura de la muerte. Lo malo de la civilización moderna, escribió el español José María Pemán, es que ya nadie sabe si las vacas tienen los cuernos delante o detrás de las orejas.
Son millares de vidas humanas, casi siempre inocentes, las que ciega a diario el horno crematorio llamado guerra, la muerte del no nacido, la muerte del enfermo terminal—acaben con él de una vez—, la muerte de los malformados, la muerte de los viejos inútiles, esa leña seca y podrida. ¿Cómo entender esta contradicción de un mundo que exalta la vida y la suprime, sino por su materialismo triunfante y aplastante que quiere conseguir un rosal sin espinas y se encuentra desorientado cuando se percate de que las espinas aparecen siempre en toda su cruel realidad?
El sueño marxista o el sueño capitalista de hacer un paraíso de la Tierra, no es más que el sueño de una noche de verano. Si no podemos conseguir la felicidad absoluta y plenaria, tampoco debemos recurrir a medios salvajes para adquirirla. No se mata a unos para que vivan otros.
Cegar el manantial de la vida humana, disminuir dramáticamente el número de nacimientos por miedo a que nos disputen el pan, marginar al enfermo y al pobre que increpa a la conciencia, deshacerse del disminuido física o psicológicamente para que no enturbie nuestra comodidad, abandonar a los ancianos para que no nos amarguen la vida, he aquí la cultura de la muerte con todos sus engaños, pretextos y frivolidades. Porque la muerte nunca podrá ser causa de alegría ni de esperanza.
Perro mundo este perro mundo que sublima la vida y permite la muerte; que nos promete una tierra feliz y la siembra de cadáveres.
Artículo publicado en El Sol de México, 7 de mayo de 1993; El Sol de San Luis, 22 de mayo de 1993. El autor, sacerdote potosino, fue un animador de la cultura de la vida, sobre todo en su faceta de cuidar a los niños pobres y desamparados. También fue un extraordinario poeta, investigador, ensayista y biógrafo.
Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 19 de abril de 2026 No. 1606

