Por Carlos Díaz Hernández

Para Emmanuel Buch

Las Ráfagas Rápidas de Radio, dicen los físicos, son unos destellos muy breves, que llegan desde muchos puntos del espacio y que pueden liberar en unos milisegundos la misma energía que el sol en tres días. Se han descubierto unas mil y, de momento, no se sabe qué las produce. Casi todas estas ráfagas generan un fogonazo intenso y desaparecen para siempre, lo cual haría pensar que se trata de un tipo de energía que se libera por la destrucción de algo, ya sea una colisión cósmica o el colapso de algunas estrellas.

Sin embargo, hay unas pocas ráfagas, un 3% aproximadamente, que se repiten, y al menos en esos casos lo que las produce sobrevive al evento mismo de su mera producción. Eso ha llevado a pensar que tal vez los produzcan objetos superdensos dotados con una atracción gravitatoria enorme, por ejemplo, agujeros negros o magnetoestrellas. A pesar de todo, cuando los astrónomos creían que estaban acercándose a estos descubrimientos admirables, se acaba de anunciar el descubrimiento de una de estas ráfagas de radio en una galaxia vieja que ya no produce nuevas estrellas y situada en una zona llena de cadáveres estelares.

Semejante novedad ha dejado a los astrónomos preguntándose cómo es posible que un evento tan fuertemente energético se produzca a las afueras de una galaxia agotada, donde no se producen nuevas generaciones de estrellas, y donde además no parecen quedar objetos con la energía necesaria para explicar el origen de esos extraordinarios fogonazos.

En lo que a mí mismo se refiere, totalmente ignorante de tales cuestiones, ha habido desde que tengo uso de razón dos cosas que me han venido produciendo una curiosidad radical: qué habrá después de la vida, y cómo serán los espacios a los que sin prueba suficiente denominamos “infinitos”.

Ambas curiosidades devoran mi existencia, y además abren a otras: ¿por qué se ha producido esta realidad que soy yo mismo, este ente que teclea este escrito?; por otra parte, ¿qué mérito o demérito habrá hecho posible esta existencia particular, imantada para mí por el misterio de lo indescifrable? Me desazona esta ignorancia radical mía respecto a cuestiones tan densamente trascendentales para mi propia existencia. Me asombra tanto, que sin la menor duda daría gustosísimo lo que me quede de vida por saber con plena certeza el sentido y el fin último de la realidad en la que he sido embarcado sin haber movido un solo dedo al efecto. ¿En manos de qué o de quién estoy?

La falta de respuesta al misterio del ser (misterio al menos para mí, y no simple problema, tan grande como se quiera, pero al fin y al cabo algún día eventualmente descifrable) la siento dúplicemente como una especie de humillación, y a la vez de gratitud, de necesidad y de gracia. Ciertamente, lamento el carácter indescifrable e inabarcable de esta existencia mía, pero al mismo tiempo la agradezco asombrado porque me ha sido dada de forma absolutamente gratuita.

La preciosa vida que me ha sido regalada

Desde luego, la resolución de tan graves cuestiones no está en mí mismo, el sentido último de mi existencia me sobrepasa dejándome atónito, toda mi autosuficiencia se cae por sí misma, y hasta me causa hilaridad, no me tengo sobre mis propios pies de barro. Si es una tentación luciferina el querer depender absolutamente de mí mismo para saber a qué atenerme, la confieso apesadumbrado: quisiera poder explicarlo todo, y de ese modo afrontar la vida —como decían los filósofos estoicos— sin esperanza ni miedo a ninguna sorpresa traicionera. Yo me lo guisaría y yo me lo comería, si bien en la soledad espantosa de los espacios infinitos.

Dicho todo lo anterior, y sin por mi parte sentir contradicción alguna respecto a lo hasta aquí dicho, la preciosa vida que me ha sido regalada nunca ha sido para mí una cosa menor, un pedazo de azar, de error o de cantidad negligible. Nada menos superfluo que mi vida y que cada vida que ha ido abriendo en ella los pétalos de su flor. La vida no ha sido jamás irrelevante para mí, aunque ignore todo sobre su origen y su finalidad. No ha sido en ningún momento mostrenca a pesar de todos los sufrimientos ni pese al hecho gravísimo de tener que morir. Por eso estoy deseando agradecer personalmente a quien corresponda, no por haber sido meramente el espermatozoide más rápido fecundado en la cadena de la vida.

Pero ¿a quién agradecer, a quién dar las gracias absoluta e incondicionalmente? Incluso en mis momentos más bajos, cuando se me hace borrosa o inconcebible especulativamente la presencia ante mí de un Dios personal, necesito dar las gracias a Dios y al mismo tiempo pedir perdón por no estar a la altura de dicha gracia, dar gracias por la gratuidad misma de poder dar las gracias a quien me ha sostenido con su perdón. Dar las gracias no salda la deuda de no haber estado a la altura, pero la refuerza agradecidamente. Cuando lo gratuito de la vida no se toma por superfluo, dar las gracias viene a ser al propio tiempo una prolongación de la justicia y una devoción antropológica con la totalidad de la existencia.

Habría, sin embargo, en el corazón de estas mis cavilaciones compañeras de por vida una línea roja que me resultaría infranqueable si no fuera soluble: ¿a quién daría yo las gracias si fuese hijo del azar, de la necesidad, de la casualidad, de la amorfa indistinción, o de un escupitajo cósmico? La vida que me ha sido regalada y que tanto agradezco sería de ese modo infinitamente menos valiosa para mí sin un rostro al que expresar mi gratitud y al que pedir compasión por el uso imperfectivo y degradante a que también la he sometido a veces innecesariamente. Gratitud y perdón son para mí las dos dimensiones básicas, las creodas necesarias, “así en la tierra como en el cielo”, tanto en el aquende del aquí y ahora como en el allende de toda allendidad pensable del día después.

Entre la gratitud y el perdón siento a mis pies el sendero de la vida humana. Sin este breve segmento existencial, la enigmática línea de mi azarosa humanidad se saldría de madre. Pues no es lo mismo una pregunta orientada a una posible trascendencia con sentido, que otra abandonada a su desorientación, sin referentes de entrada, ni de salida, ni de llegada. Al menos la pregunta por todo esto no puede faltar en mi vida, aunque ella no pase de ser la piedad del pensamiento.

Quien al menos se siente capaz de preguntar se mueve mucho mejor entre los trampantojos de la existencia desorientada, encuentre o no respuestas tan sólidas y confiables como lo desea mientras formula la pregunta. Cerrar las puertas a las humildes y pacientes preguntas dando carpetazo a la esperanza no nos ayuda en absoluto a ser más felices.

¿No podríamos aportar luz a los demás?

Pero volvamos a las Ráfagas Rápidas de Radio, la triple erre. Hay algo de los espacios infinitos que me conmueve incluso cuando menos diestro soy para responder: ¿cómo sería posible que un evento tan energético como las RRR se haya producido a las afueras de una galaxia agotada? Suponiendo –y sin que pase de ser mera suposición– que se reavivara la energía de lo más viejo, de lo más abandonado, de lo más muerto y periférico respecto a las afueras de mi propia persona en vías de agotamiento entrópico, ¿no serviría al menos ese resurgimiento como una hipótesis plausible para entender de algún modo una posible vía a la “resurrección” de lo muerto?

Obviamente, no afirmo tal cosa ni la niego del misterio, inescrutable de suyo, pero sin ir tan lejos, ¿acaso esas estrellas agotadas, enanas, no serían un ejemplo de resiliencia también para mí mismo?, ¿acaso no podría rebrotar y renacer mi identidad personal desde el humus de mis decadencias, de mis limitaciones, de mi envejecimiento, de mis fallos, de mis culpas, por qué no confesarlo? En este sentido, quienes nos dedicamos a la “cura de almas”, más enanos incluso que la más enana de todas las estrellas de todo lo visible y lo invisible, ¿no podríamos aportar a los demás la luz que nos quede, mucha o poca?

En última determinación, esos actos donantes de sentido nacidos de nuestra poquedad son el argumento definitivo para pedir gustosamente perdón por la luz apagada de nuestras vidas, así como también para agradecer la esperanza en medio de los apagones, de los eclipses, y de las tragedias de la existencia cotidiana. De lo malo y de lo bueno: perdón y gracias.

Tanto las personas que en el cosmos hayan irradiado a lo largo de su presencia una energía luminosa (eso constituye en realidad la esencia de las biografías humanas), como en sentido contrario aquellas otras que la hayan opacado debajo del celemín para no darla (eso es precisamente el instinto de muerte) pueden rejuvenecer y entregarse, conforme a la enseñanza de Platón respecto al esclavo de la caverna de ojos ciegos y manos terrosas, que a pesar de todos los pesares asciende por fin a la luz desde el fondo abisal más oscuro con la penosidad de su agotador esfuerzo. Agotarse para darse, como enseñaba Marcelino Legido: serse dándose.

Al terminar esta última frase, y aunque pudiera parecerlo, no quisiera estar dando la impresión de oficiante de ningún sermonario particular, la mayoría de los cuales huelen a penoso servicio de difuntos. Lo que he querido escribir en estas líneas es mucho más alentador: agradecer la vida sin ignorar su decadencia, es decir, reconocer lo muerto que hay en lo vivo y aquello que está vivo en lo muerto. En la persona no hay íncipit sin excipit, prólogo sin epílogo, ni epílogo sin prólogo. Así al menos entiendo la intención logoterapéutica de la tanatología. Sin esa aceptación de la recíproca interacción entre vida y muerte, los tanatorios huelen a trámite de la cadaverina, a todo menos a misterio. Gracias por la hermana muerte, hermana vida; gracias por la hermana vida, hermana muerte.

Me gustaría manifestar, en fin, sea como fuere, que ojalá la persona no sea hija del azar, ni un caos abandonado a la deriva de la mera contingencia. Quiero esperar que cada ser humano haya sido pensado, querido y creado directamente por Dios con un amor personal e infinito. Que al crearle le salva, y al salvarle le crea. Que la persona no pertenece al orden de las cosas, ni siquiera en el silencio de la noche viscosa, y que su condición de alteridad inasimilable en una urdimbre de identidades y diferencias le viene de la Palabra de Dios, fuente de donde mana el propio verbo, aun en el silencio de lo inefable. Esto quiero pensar y esto quiero agradecer. Del salón en el ángulo oscuro, olvidada y cubierta de polvo, veíase el arpa.

El autor es uno de los filósofos personalistas más importantes de habla española. Traductor, conferencista, luchador social, psicoterapeuta, maestro y entrañable amigo de El Observador, ha publicado más de 300 libros en su ya dilatada carrera profesional. Este artículo se publica con su autorización expresa.

 

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 19 de abril de 2026 No. 1606

 


 

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