Por José Ignacio Alemany Grau, obispo Redentorista
Domingo IV de Pascua
Reflexión homilética 26 de abril de 2026
Los profetas Jeremías y Ezequiel, en el Antiguo Testamento, se referían al pueblo de Israel como «el rebaño» y a quienes los conducían como «pastores».
Es hermoso el salmo 23 que habla expresamente del Señor como un pastor que guarda su rebaño y cuida de sus ovejas.
Hoy los fieles de la Iglesia de Jesús son el rebaño que entra a través de la puerta que es Cristo y se alimentan de su cuerpo y su sangre. Jesús ha encomendado a los apóstoles y sus sucesores a cuidar de ese rebaño para que nunca les falte el verdadero pan del cielo que es la Eucaristía.
+ Lo primero que quiere el Señor es que no lo confundamos a Él con los falsos pastores que no entran por la puerta del redil, sino que saltan por otras «entradas». A esos Jesús los llama ladrones y bandidos.
Es el buen pastor el que entra por la puerta de las ovejas. A este le abre el guarda y las ovejas se ponen atentas a su voz porque lo conocen a él y porque llama a cada una de las ovejas por su nombre.
De esta manera nos advierte Jesús sobre la confianza que hay entre las ovejas y el verdadero pastor.
Se conocen por el nombre tanto el pastor a cada oveja, como las ovejas siguen a su pastor porque están seguras conociendo la voz de él.
Advierte también Jesús que las ovejas no conocen la voz de los extraños.
+ Más adelante, Jesús dirá de sí mismo:
«Yo soy la puerta de las ovejas».
Es el único Buen Pastor:
«Los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos».
Repitiendo de nuevo que es la «puerta verdadera», asegura que el que entra por esta puerta tendrá libertad para entrar y salir; y lo más importante de todo es que el Buen Pastor da de comer -como lo ha dicho hace poco- su propio cuerpo:
«El que me come vivirá por mí».
+ Otro signo del Buen Pastor es la diferencia que hay entre el falso pastor que viendo venir al lobo abandona a las ovejas y huye; «y el lobo las roba y las dispersa porque no era un buen pastor sino un asalariado a quien no le importan la vida de las ovejas». En cambio, lo más hermoso del Buen Pastor es la relación personal entre el Padre Dios y Él; y es esa la gran diferencia entre el falso pastor y Jesucristo que asegura: «Yo doy mi vida por mis ovejas».
+ Y alzando la mirada sobre la tierra entera, advierte Jesús:
«Tengo, además, otras ovejas que no están en mi redil; también a estas las tengo que traer y escucharán mi voz»; y entonces será plenitud de la eficacia y alegría del Buen Pastor:
«Todas las ovejas escucharán su voz y habrá un solo rebaño y un solo Pastor».
Por otra parte, advierte Jesús y es muy importante tenerlo en cuenta:
«Por esto me ama mi Padre porque yo entrego mi vida para poder recuperarla… Nadie me quita la vida, sino que yo la entrego libremente».
+ Finalmente, el Buen Pastor advierte que tiene «poder para entregar su vida y para recuperarla: Este mandato lo he recibido de mi Padre».
Para nosotros lo importante es conocer al Buen Pastor y no confundirlo con otros que tienen, quizá, malos intereses.
Hay que reconocer que el Buen Pastor entra y sale por la puerta para alimentarnos con pastos buenos, especialmente el cuerpo y la sangre del propio Pastor que se llama a sí mismo el «Pan de vida», alimento para la eternidad.
Es conveniente, además, que las ovejas conozcan al Padre Dios que nos entregó a Jesús como Redentor y le agradecemos a la Santísima Trinidad en este tiempo de Pascua su muerte y resurrección.
Creo que una buena conclusión de estos pensamientos que nos ha dejado especialmente San Juan en su Evangelio (capítulo 10) es que sepamos ser las verdaderas ovejas que siguen al Buen Pastor y que piden continuamente pastores santos para su Iglesia.
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