Por Rubicela Muñiz

Valeria está deprimida y no quiere comer porque sus amigas de la escuela le dicen que está gorda. Dos niñas se agarran a golpes a fuera de la secundaria por ataques personales y burlas constantes, mientras otros graban la escena. Un adolescente de preparatoria asesina a dos de sus maestras en el salón de clases.

La escuela, que debe ser un “santuario de paz” y crecimiento, se ha convertido en una “zona de guerra” donde convergen adolescentes y jóvenes abrumados por lo que ocurre a su alrededor. Los estigmas y brechas de conocimiento los dejan sin el apoyo de salud mental que necesitan para aprender a gestionar la frustración y blindar el respeto a sí mismos y a la vida.

La psicóloga y terapeuta familiar, Adriana Morales*, alerta sobre la necesidad de recuperar la sensibilidad humana ante la profunda desconexión entre padres e hijos. La salud mental, dice, “no es solo un tema de consultorio, no es un proceso individual; es un tejido social que nos sostiene a todos”.

Un “santuario” fragmentado y digitalizado

“Históricamente, la escuela fue concebida como un santuario de paz, un espacio seguro donde el desarrollo del ser era la prioridad. Sin embargo, hoy nos enfrentamos a una realidad donde este santuario parece fragmentado”, comenta Adriana. Y considera que recuperar esa paz no es necesariamente una utopía, siempre y cuando se reconozca que el quiebre “no es un evento aislado, sino el síntoma de una desconexión profunda”.

El riesgo, recalca, “surge cuando la escuela deja de ser un centro de formación humana para convertirse únicamente en un centro de instrucción académica. Al priorizar las metas cognitivas y descuidar el desarrollo socioemocional, hemos dejado la puerta abierta a tensiones externas —violencia, precariedad y, sobre todo, una marcada desconexión familiar— que entran al aula sin filtros”.

A este entorno se agrega el constante uso de tecnología que no siempre es utilizada para la mejora educativa. “Nuestro reto es recuperar la sensibilidad humana en un mundo de pixeles. La exposición constante a la violencia digital no es solo información; es una anestesia emocional. Al ver agresiones repetitivas tras una pantalla, el cerebro de los estudiantes se habitúa, dejando de reaccionar ante el sufrimiento ajeno. Esto ocurre porque la falta de contacto físico ‘apaga’ la respuesta natural de la empatía”.

Es por eso que sugiere atender las conductas y tomar medidas con el Semáforo de Riesgo Digital.

  • Bandera Roja: Reírse o compartir contenidos de humillación (ciberbullying). Es la pérdida total de conexión con la víctima.
  • Bandera Amarilla: Preferir la pantalla para evitar el “esfuerzo” emocional de convivir cara a cara.
  • Bandera Verde: Mediación activa. Familias que cuestionan lo que ven en redes para “rehumanizar” al otro.

Subir el nivel: de los insultos a las armas

De no atenderse el riesgo digital —el grito de auxilio—, puede traducirse en un golpe físico o, peor aún, en el uso de armas: “Lo que la boca calla el cuerpo lo habla y nuestras acciones lo gritan”. Para evitar los extremos, pide poner atención en distintas áreas y en lo que hay detrás de las señales de alerta.

Área Bandera Roja (Señal de Alerta) ¿Qué hay detrás?
Relacional Aislamiento repentino o cambio radical de amistades. Un intento de protegerse o un sentimiento de no encajar.
Emocional Irritabilidad constante o “explosiones”  por cosas pequeñas. No es falta de respeto, es un sistema nervioso saturado de estrés.
Físico/ Hábitos Alteraciones en el sueño, la alimentación o descuido del aseo personal. Es la manifestación física de que la mente está agotada o deprimida.
Académico Desinterés total en metas que antes le importaban. Una sensación de desesperanza: “nada de lo que haga importa”.

Entorno: ausencia y violencia

El comportamiento irracional no es más que una respuesta a la falta de co-reculación. Desde la Psicología Humanista y la Sistémica, la terapeuta plantea que “un niño que ‘se porta mal’, es un niño que está pidiendo a gritos que le enseñen a autorregularse”.

Y hace hincapié en que “la capacidad de tolerar la frustración se construye en el hogar mediante el apego seguro. Si el entorno es violento o ausente, el estudiante no tiene un ‘modelo de regulación’. Para él, el mundo es un lugar hostil donde la única forma de sobrevivir o de ser escuchado es mediante el poder o la fuerza. Sin un puerto seguro en casa, el aula se convierte en el campo de batalla donde proyectan su desamparo”.

El éxito en esta área depende exclusivamente de los padres, no de la escuela. Son ellos los que no solo deben poner límites, sino actuar como guías que enseñan habilidades para la vida.

“El papel crítico de los padres no es vigilar, sino conectar. La Disciplina Positiva nos enseña que un niño que se siente perteneciente y tenido en cuenta tiene más disposición a cooperar. Para reconstruir el tejido de paz, la familia debe retomar su función como el primer laboratorio de habilidades sociales y emocionales”, afirma Adriana.

Docentes en riesgo

Lo que ocurre en casa termina reflejándose en el entorno social y educativo. En el caso de los maestros, Adriana asegura que “la mayoría no cuenta con las herramientas necesarias para intervenir antes de una tragedia. El sistema ha cometido el error de exigirles ser educadores, trabajadores sociales y psicólogos a la vez, sin brindarles el apoyo institucional ni la formación técnica en primeros auxilios psicológicos”.

Desde un enfoque sistémico, apunta, “debemos entender que un maestro con burnout o miedo no puede ser el ancla de calma que un alumno en crisis necesita. La contención emocional requiere de un sistema nervioso regulado; si el docente está agotado, su capacidad de respuesta se bloquea”.

Para que la escuela sea realmente un “santuario”, propone proteger la salud mental de quienes están al frente del aula.

Semáforo de la Intervención Escolar

  • Bandera Roja: El aislamiento institucional. Dejar al docente solo ante crisis graves sin protocolos claros de actuación.
  • Bandera Amarilla: La reactividad. Cuando el agotamiento lleva al maestro a responder al desafío con más agresión, perdiendo su rol de guía.
  • Bandera Verde: Cuidado al que cuida. Instituciones que ofrecen espacios de descarga emocional para sus maestros y capacitación constante en gestión de crisis.

Para formar corazones, el maestro necesita primero tener el suyo a salvo.

La salud mental y la participación de la sociedad

La psicóloga y terapeuta familiar deja claro que para mantener la paz en la familia y en los espacios educativos, es necesario reconocer que “la salud mental no es solo un tema de consultorio; es un tejido social que nos sostiene a todos. Cuando la sociedad civil se organiza, deja de ver la vulnerabilidad como un tabú y empieza a verla como un derecho humano”.

Además, destaca la necesidad de políticas públicas que no solo beneficien a unos cuantos, sino que se promuevan leyes que garanticen la presencia de profesionales de la salud mental en cada institución educativa y comunitaria, asegurando un acompañamiento proactivo y digno.

“Sanar la salud mental no es solo un proceso individual, es una reconstrucción del tejido social. Cuando una generación sana, el impacto se siente en la política, la economía y la convivencia diaria”.

Los indicativos y las experiencias provocan miedo en padres y maestros, pero Adriana considera que es una respuesta natural ante la incertidumbre que no debe volverse crónica porque impide ver la realidad. Si se tiene el deseo de restaurar ese “santuario de paz” el primer paso no es hacia fuera (cambiar al joven o al sistema), sino hacia el interior del vínculo.

“Antes de intentar corregir una conducta o implementar una regla, el adulto debe asegurarse de que su propio ‘termómetro emocional’ esté en equilibrio. Si tú estás en calma, le envías a la señal al cerebro del joven de que está seguro”.

Finalmente, comparte cómo dar ese primer paso con la técnica “Anclaje de conexión” y un semáforo de esperanza para alcanzar pequeñas victorias:

Escucha sin agenda: Dedica 10 minutos al día a escuchar al joven sin dar consejos, sin juzgar y sin corregir. Solo busca entender su mundo. La paz empieza cuando el otro se siente comprendido, no vigilado.

Validación radical: Ante un conflicto, sustituye el “no te pongas así” por un “veo que esto te está doliendo/enojando mucho”. Validar la emoción baja las defensas del sistema nervioso instantáneamente.

Rituales de seguridad: Crea momentos predecibles de conexión (una cena sin celulares, un saludo afectuoso al llegar). La predictibilidad reduce la ansiedad y construye el “puerto seguro” que mencionabas.

El Semáforo de la Esperanza

  • Bandera Roja: Creer que la paz se logra mediante el control absoluto o el silencio impuesto. Eso solo oculta el conflicto bajo la superficie.
  • Bandera Amarilla: Esperar resultados inmediatos. Restaurar un santuario es un trabajo de goteo constante, no una solución mágica.
  • Bandera Verde: Pequeñas victorias. Celebrar cada vez que un conflicto se resuelve con diálogo en lugar de gritos. Eso es reconstruir el tejido de paz, un hilo a la vez.

*Facebook: Adriana Morales López, Psicóloga y Terapeuta WhatsApp: 442 282 8708

 

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 5 de abril de 2026 No. 1604

 


 

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